Homenaje a Marí­a Elena Walsh

Varios

Este homenaje de Cuatrogatos a Marí­a Elena Walsh fue realizado en 2010, un año antes del fallecimiento de la gran figura de la cultura argentina, y respondió a dos motivos. El primero: Marí­a Elena, nacida en Ramos Mejí­a, Buenos Aires, el primero de febrero de 1930, cumplí­a entonces 80 años. El segundo: Tutú Marambá, su primer libro para niños, celebraba el 50 aniversario de su publicación. Nos pareció que esas dos celebraciones eran excelentes pretextos para un tributo.

Aquí­ reunimos artí­culos y testimonios de una veintena de admiradores de Marí­a Elena. Carlos Sylveira, Cecilia Pisos, Itsvansch y Graciela Perriconi, de Argentina; Gaby Vallejo, de Bolivia; Irene Vasco, de Colombia; Lara Rí­os, de Costa Rica; Iliana Prieto, Julia Calzadilla, Cristina Rebull, Yanitzia Canetti y Luis Caissés, de Cuba; Martha Sastrí­as, de México; Georgina Lázaro, de Puerto Rico; Graciela Genta, de Uruguay, y Fanuel Hanán Dí­az, de Venezuela. Los textos de estos escritores y estudiosos hablan de la influencia que tuvieron los cuentos, versos y canciones de la Walsh en su niñez, y también de su importancia para el desarrollo de la literatura infantil en América Latina. Constituyen, de alguna manera, una exploración del universo Walsh, de su sorprendente reino del revés...í 

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Dailan Kifki, mi hija y yoí 
Iliana Prieto, escritora cubanaí 

La primera vez que me leí­ Dailan Kifki, de Marí­a Elena Walsh, mi hija no habí­a nacido, pero yo habí­a crecido más de la cuenta y mi niñez ya era cosa del pasado. Por eso mientras me reí­a a carcajadas, los adultos a mi alrededor no entendí­an que yo pudiera divertirme con una novela sobre un elefante que llegaba, de repente, a una familia y volara entre las nubes. Fue en esa ocasión cuando realmente descubrí­ a Marí­a Elena Walsh. Aunque ya conocí­a sus canciones y las disfrutaba, no habí­a descubierto aún a esa autora extraordinaria, a esa creadora prodigiosa, capaz de transformar lo absurdo en realidad cotidiana, y divertir a chicos y grandes con un disparate tras otro, envuelto en un manto muy poco común de poesí­a, ternura y humanidad.

Aquel libro de Dailan Kifki no era mí­o y en Cuba, donde viví­a entonces, no habí­a libros de la Walsh en las librerí­as. Una amiga escritora tuvo la amabilidad de prestármelo y yo, después de leerlo, lo puse en mi librero con la intención, no muy honorable realmente, de devolverlo -solamente- si me lo pedí­a.

Pasaron unos años y mi hija nació y llegó a los cuatro años. Todas las noches le leí­a cuentos tradicionales, modernos, cortos y largos, hasta que un dí­a retomé aquel Dailan Kifki -prestado- y se lo empecé a leer.

Fue quizás una de las experiencias más agradables que guardo de aquella época. Las noches en que compartimos nuestras risas y comentarios alrededor de las aventuras de Dailan Kifki, que desde aquel momento se convirtieron en el rato de diversión más esperado del dí­a.

Tengo que confesar que mi hija era incansable. Estuve leyendo los avatares del elefante y de la familia casi durante dos años seguidos. Llegó un momento en que empezó a preocuparme que no hubiera otra lectura que la niña quisiera escuchar. Un buen dí­a me rebelé y le propuse otro libro.

-Jenny, Dailan Kifki no es el único que existe. Hoy leeremos otra cosa.

Me miró con cierta inconformidad, pero no protestó demasiado. Claro, ya la pequeña habí­a aprendido a leer y dí­as más tarde, me la encontré inmersa en el mundo maravilloso del elefante. De esa manera, ella aceptó la variedad de cuentos durante la noche, pero se mantení­a leyendo una y otra vez durante el dí­a el libro que tanto le gustaba.

Casi dos años más tarde llegó el momento de devolver -nuestro- tesoro. Mi amiga escritora ya tení­a nietos y querí­a mostrarles el mundo de Marí­a Elena Walsh. Nada más natural y legí­timo.

Llegué a casa y me senté con mi hija, que ya para entonces tendrí­a siete años:

-Jenny, tenemos que devolver Dailan Kifki -hice una pequeña pausa, y observé que la niña me miraba interrogante-. Marí­a me lo pidió para sus nietos.

-Mamá, pero yo quiero leerlo por última vez -casi me rogó.

Y corrió al librero a buscar el libro, y las dos nos sentamos a releer y a llorar de la risa con Dailan y su loca familia.

La frase -estamos fritos- que Roberto repetí­a sin cesar ha permanecido en mi familia para siempre, y toda sopa que nuestro perro se toma es una -sopita de avena- que era el plato preferido del elefante.í 

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Marí­a Elena Walshí 
Carlos Silveyra, autor argentinoí 

Lo primero que me pasa por la cabeza cuando pienso en Marí­a Elena Walsh es que me siento orgulloso de ella. No por argentino, no; porque cada vez creo un poco menos en esas lí­neas arbitrarias que dividen los paí­ses. Por escritora de literatura infantil y juvenil, por coraje cí­vico, por osadí­a.í 

En mi opinión Marí­a Elena logró con su producción lo que, a simple vista, suena a trabajo ciclópeo: mando de paseo las moralinas, las enseñanzas y todo esto que se le pedí­a a los textos para niños y los convirtió, sencillamente, en literatura, en textos bellos porque sí­. Y además, como si lo anterior fuera insuficiente, hizo textos muy populares, adorados por madres, por maestras jóvenes y, por supuesto, por los niños (que por entonces solí­an nacer ocasionalmente viejos).

í¿Dónde estuvo la clave? En su talento para entenderse con el humor y en su enorme capacidad para comunicarse con sus semejantes. Abrevó de lo folclórico, del pueblo, le sumó su creatividad y su escritura fue tan popular como no recuerdo que lo fuera ningún otro escritor. A Marí­a Elena la cantaron los choferes de transporte público, los vendedores de periódicos, los mozos de los bares-¦ y también, y sobre todo, los niños, sus padres y sus maestras.

Otro dato relevante: nunca se dedicó exclusivamente a escribir para niños. Como Quino, que no quiso quedar preso de Mafalda, Marí­a Elena no se sometió a Manuelita ni a la mismí­sima Vaca Estudiosa. áGente independiente de sus criaturas!

Y uno más: Marí­a Elena Walsh fue una osada, atrevida, irreverente. Cuando los textos destinados a los niños debí­an decir esto, aquello y lo de más allá, ella se atrevió a hacer otra cosa, a sacudirse de todos esos deberes, como perro salido del agua, y hasta se atrevió a que carezcan de sentido.

Creo, como hemos dicho muchos desde hace mucho tiempo, que Marí­a Elena Walsh marca un antes y un después en nuestra literatura infantil. Es, como la costura de las páginas de un libro, lo que nos permitió dar vuelta la página y fundar una nueva literatura infantil en la Argentina.

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Antes que a ella conocí­ a Manuelitaí 
Georgina Lázaro, autora puertorriqueñaí 

Antes que a ella conocí­ a Manuelita, la tortuga coqueta y arrugada que, en nuestra versión, viví­a en Guaynabo y, sin saber nadie por qué, para Nueva York se fue; la que al enamorarse de un tortugo, quiso verse joven y fue tan ingeniosa que se marchó a Parí­s donde la plancharon en francés del derecho y del revés. Yo era grande ya, tení­a un hijo, y esa canción formó parte del repertorio de cuentos, poemas y cantos con que lo entretení­a, intuyendo que de esa forma desarrollarí­a en él el gusto por las palabras.

Después conocí­ al "gato que pes", el "gato bandí­". Mi hijo, fascinado con el disparate, lo veí­a y no lo veí­a; se cuestionaba, í¿interpretaba?, se divertí­a, se reí­a y pedí­a más. Yo cantaba, disfrutaba de la canción y de la risa de mi hijo, y buscaba más. Y buscando supe que esas canciones habí­an sido escritas por la misma persona: Marí­a Elena Walsh.

Su obra no era fácil de conseguir en Puerto Rico. Entonces en una librerí­a que ya no existe me llamó la atención un elefante que volaba con alas de tul de todos los colores, con plumitas de celofán, adornos de papel plateado, cintas de seda-¦ Allí­ encontréí El reino del revésí yí Dailan Kifki. Mis hijos (ya eran dos) se divertí­an, se reí­an, se interesaban por los libros y pedí­an más. Yo les leí­a y les leí­a, disfrutando y descubriendo con asombro que así­ debí­a ser la literatura para niños: divertida, llena de ocurrencias jocosas, ágil, rí­tmica, juguetona; tan original, tan alegre, tan musical.

Muchas letras se levantaní 
de su cuna de papelí 
y se escapan caminandoí 
como hormigas en tropel.

Luego, en mi empeño por convertir a mis hijos en lectores entusiastas y deseosa de conservar los recuerdos de su niñez, empecé a escribir para ellos impactada por el descubrimiento de esa forma original de contar, inspirada por su júbilo, su aire juguetón, y su lenguaje franco, sonoro y rí­tmico; intentando despojarme de algunas caracterí­sticas de la literatura que habí­a deleitado mi niñez: tan formal, tan solemne, preciosista, pedagógica, moralista-¦í 

El tiempo pasó un poquito caminando y otro poquitito a pie. Mis hijos crecieron y como el idioma de infancia es un secreto entre los dos, juntos descubrimos conmovidos a la mujer sensible -la misma que habí­a escrito tantos poemas y canciones divertidas- en su "Serenata para la tierra de uno"; a la mujer valiente y vertical cantando al sol como la cigarra-¦

Ya mis nietos conocen a Manuelita. Van por el mismo camino que recorrieron mis hijos. Y yo, pensando en mí­ y en ellos, del nudo de mi pañuelo saco este deseo de Osí­as el osito, que he guardado como un conjuro a Gulubú o una invocación a San Borombón:

Quiero cuentos, historietas y novelasí 
pero no las que andan a botón.í 
Yo las quiero de la mano de una abuelaí 
que me las lea en camisón.

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El mundo con Marí­a Elena
Istvansch, ilustrador argentino


El tortugo

A ver, í¿quién se acuerda de la docente del jardí­n de infantes?

Imagino montones de manos levantadas.

A ver í¿quién, cuando creció, supo algo más de su maestra de jardincito? Muchas manos bajan.

La mí­a permanece levantada.

El caparazón era de papel maché, pegados los recortes trapezoidales ocres, marrones y verde-oscuros en papel afiche, emulando las placas quelonias. Impecable. No recuerdo cómo se sostení­a, tal vez como un espaldar. No pude encontrar la foto (me toparé un dí­a con ella sin pensarlo) que no está ni en mi casa ni en la de la señorita Julia.

Porque mi maestra se llamaba y se llama Julia.

Ella fue quien me coronó Manuelito en aquel acto donde mi mamá lamentó lo secundario que habí­a resultado ese tortugo que solo -pasó- y -la espera en Pehuajó--¦ con tanto trabajo que le habí­a dado hacer ese caparazón que bien hubiera podido protagonizar una larga escena de reencuentro a lo Hollywood, dijo mi mamá.

La señorita Julia fue amiga de mis padres desde esa primera visita a casa. Los amó de inmediato al ver el espejo colgado a mi nivel en el baño. Así­ de conscientes eran mis padres de mí­.

En aquellos tiempos en que no habí­a tanta atención puesta en la mirada infantil, papá y mamá compartí­an conmigo sus lápices y sus mesas de dibujo profesionales y habí­an hecho bordar en tipografí­a moderna y colores rutilantes mi nombre en el delantalcito cuadrillé, mientras las identidades de los demás compañeritos quedaban disimuladas en la letra manuscrita en hilo verde sobre la verde tela.

Un tiempo después escocieron problemas familiares y mi desconcierto no se transformó en caos gracias a personas como la señorita Julia (resistencia le dicen ahora, plantada en mí­ por ella con firmeza totémica).

Cuando ella dejó el pueblo y volvió a Rosario, la seguí­ viendo y visitándola en los dí­as en que viajaba a mis clases de pintura en aquella ciudad, durante la secundaria.

La señorita Julia ya no fue solo amiga de mis padres, sino amiga mí­a.

Madre de la vida.

Cuando los otros dí­as la llamé para ver si tení­a esa foto con la que querí­a ilustrar esta nota, volvimos con ella a Marí­a Elena, en el recuerdo de aquel mediodí­a en el patio grande del colegio: los chicos en ronda representando el mundo, Manuelita lo atravesaba, el mundo impedí­a su encuentro con el tortugo-¦ el tortugo era yo y debí­a buscar el espacio para entrar en el centro de la ronda, para encontrarme con esa Manuelita que acababa de volver de Parí­s.

La ronda se abrí­a de la mano de la señorita Julia, mientras cantaba Marí­a Elena.

Y yo entraba.

En mi mundo.

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El llamado

Hace unos diez años yo viví­a en Ingeniero Maschwitz. El dí­a estaba a pleno sol de primavera. Dibujaba en mi taller, mientras me dejaba ensoñar por la vista, con la mesa de dibujo de cara al ventanal sobre el jardí­n.

Verde el césped y el primer plano del ní­spero, cargado de frutos amarillos casi maduros. Sergio estaba haciendo el jardí­n y Raquel lo ayudaba. Creo que también estaba César (era usual que nos juntáramos para disfrutar los dí­as de sol, plantar, cortar el césped, comer a la sombra de la parra aquellos asados deliciosos hechos en horno de barro).

Mi ventanal era panóptico y yo debí­a estar teniendo que entregar algún dibujo porque no participaba, como era usual, de las tareas de jardinerí­a. Dibujaba y miraba el deslizarse de ellos en aquella postal.

Serí­a mediodí­a, recuerdo el sol picante y cenital.

En ese fluir, sonó el teléfono.

-Hola. í¿Istvan? -me dijeron.

-Sí­ -dije yo.

-Aquí­ Marí­a Elena Walsh -repicó el otro lado de la lí­nea.

-áááááááí¿í¿í¿í¿í¿í¿í¿í¿-¦????????!!!!!!!!! -enmudecí­ con silencio nunca tan expresivo.

Y me tuve que sentar.

Por cuestiones editoriales, al final no se dio aquello de que ilustrara uno de los libros que reeditaba. Pero la sensación de recibir el llamado, de escuchar de su boca que le gustaba lo que yo hací­a, más el pasmo de saber que era cierto que me estaba hablando, todo eso, junto, fue tal vez el espaldarazo que faltaba para autorreconocer el lugar al que habí­a llegado con mi obra.

Porque para alguien de mi generación, Marí­a Elena Walsh no es Marí­a Elena Walsh. Es la infancia en estado puro. Es adrenalina de los cinco años recorriendo las venas. Es volver a ser Manuelito, pero ahora legitimado por su propia voz.
O sea, sentir que a ese mundo no sólo supimos entrar, sino que también supimos también cultivarlo y volverlo verde.


La ronda

Gisela es mi hermana. Santiago, mi sobrino. Ella tiene 34 años, él, 6; yo, 40.

Los otros dí­as estábamos dibujando juntos y empecé a cantar -Perro salchicha gordo bachicha, toma solcito a la orilla del maaaaar-.

Gisela afirmó el cancionero al seguir -Ni dormido ni despierto como todas las mañanaaaanaaaaas, Don Enrique del Meñique tiene ganas muchas ganas-.

Y finalmente Santiago transformó la tarde en recital cuando empezó -Habí­a una vez una vaca en la Quebrada de Humahuaaaacaaa-.

Transgeneracional, Marí­a Elena se hací­a de nuevo presente como algo que está más allá de la memoria, genéticamente grabado en la sangre.

Gisela fue a la biblioteca y vino con un talismán, la edición de El reino del revés de Luis Fariña Editor, de abril de 1967, ilustrada por Juan Carlos Caballero. Una reliquia. No tení­a aún las hojas amarillas cuando en los 1970, con la edad que ahora tiene Santiago, aprendimos las canciones sentados en canastita al lado del moderno Winco portátil, el blanco de tapa bermellón.

Pasamos las páginas juntos y las canciones fueron saliendo de ese lugar de la memoria que vaya a saber que jardinero, duende, guardián y doctor mantiene regado y florecido.

Unidos en las canciones nos transformamos en ronda. En mundo.

Unidos sentimos que ese era un espacio seguro para entrar y quedarse a vivir.

Y compartir. Porque mientras Marí­a Elena sigue regando el verde, ahora es uno quien entendió que puede dar la mano a un chico para que encuentre la entrada.

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Marí­a Elena Walsh. í¿Desde dónde?
Martha Sastrí­as, autora mexicanaí 

í¿Desde dónde hablar de la obra de Marí­a Elena Walsh? í¿Desde el corazón, desde la teorí­a, desde el análisis, desde la trasgresión del orden de sus palabras? í¿Desde la sonrisa y alegrí­a de un niño que canta y baila sus canciones, desde la emoción del docente, el padre, la madre, la abuela, el abuelo que abre sus libros y los comparte con sus alumnos, sus hijos y sus nietos? í¿Desde las palabras que juegan en las páginas y en las melodí­as de sus obras? í¿Desde sus denuncias? í¿Desde lo absurdo? í¿Desde ese universo único creado por ella en el que habitan vientos de ceniza, alondras, polillas, vacas estudiosas, perros salchicha, ardillas risueñas, paí­ses de geometrí­a, sirenas y capitanes, duendes marineros, la mona Jacinta, Manuelita la tortuga, Tina la hormiga, gatos pescadores, osos de miga y papel, el brujito de Gulubú, estornudos, campanas de palo, platos de plata, baños de luna, teteras de porcelana y más y más tesoros? áDesde una llana experiencia!

Una mañana, hace muchos años, al caminar por ese reino disparatado, rí­tmico y contagioso encontré una cajita de fósforos escondida entre una araña y un ciempiés, un delfí­n, un violí­n y una tintorerí­a de Parí­s. La recogí­ y la hice mí­a. -En una cajita de fósforos/ se pueden guardar muchas cosas. // Un rayo de sol, por ejemplo / (pero hay que encerrarlo muy rápido, / si no, se lo come la sombra.)-, y empecé a guardar en ella no sólo un poco de copo de nieve y una moneda de luna y botones del traje del viento, sino papelitos escritos por mis alumnos maestros, interrogantes, vivencias en las aulas, lápices de colores, recortitos, cuentos, adivinanzas y -muchí­simo más-. Todos se apropiaron de la cajita de fósforos que siempre llevaba, entre otras cosas, en mi bolso de trabajo para auxiliarme en la tarea de animar a los maestros a contagiar la lectura a los niños y entusiasmarlos a disfrutar con ellos la palabra escrita.

La mayorí­a de estos maestros necesitaban la cajita de fósforos para guardar sus inseguridades, su miedo a exponer su falta de conocimiento de la literatura infantil, su timidez, sus predisposiciones y muchas cosas más. Al finalizar el perí­odo de entrenamiento, parados en cí­rculo, con las emociones acelerando el corazón y, a flor de piel, los propósitos para emprender la maravillosa experiencia de introducir a los niños al mundo de la literatura, leí­amos la cajita de fósforos dentro de la cual Marí­a Elena Walsh nos invita a guardar todo lo inimaginable. Después de la lectura, contagiados por las palabras de la autora: -...tal vez las personas mayores / no entiendan jamás de tesoros. / í«Basuraí», dirán, í«Cachivachesí» / í«No sé por qué juntan todo estoí». / No importa, que ustedes y yo / igual seguiremos guardando / palitos, pelusas, botones, / tachuelas, virutas de lápiz / carozos, tapitas, papeles, / piolí­n, carreteles, trapitos / hilachas, cascotes y bichos. // En una cajita de fósforos / se pueden guardar muchas cosas. / Las cosas no tienen mamá.-, ellos sí­ comprendí­an de tesoros, se convertí­an en autores y escribí­an su propia cajita de fósforos en la que guardaban sus más preciadas riquezas: tí­tulos de libros, nombres de autores, rimas, emociones, alegrí­as, buenos deseos, poemas, pensamientos, y todos, en un lugar muy especial, colocaban la determinación de compartir con sus hijos y sus alumnos los libros infantiles y de llevar la voz de las palabras al salón de clase y al hogar.

Les voy a contar un secreto, muchas de esas palabras y muchí­simas más sí­ tienen mamá: Marí­a Elena Walsh.

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Porque el idioma de la infancia es un secreto entre los dos...

Fanuel Hanán Dí­az, autor y ensayista venezolanoí 

Hace algún tiempo, recuerdo haber escuchado "Serenata para la tierra de uno", interpretada por Mercedes Sosa a dúo con los arpegios de una guitarra triste. Al final de esa función, la trovadora rindió un homenaje a Marí­a Elena Walsh, autora del texto de esa composición, hecho de imágenes nostálgicas por el recuerdo de una tierra que es metáfora de ese amor que habitamos en la piel de otra persona.

Luego de tener esta revelación, pude asir la frase con la que encabezo este artí­culo, pues Marí­a Elena Walsh, la que yo recuerdo desde niño en sus canciones, la que fui construyendo con sus divertidos textos rimados, esa argentina que marcó generaciones y supo aclimatar una tradición extranjera del absurdo y nos regaló su voz cristalina, esa Walsh me permitió construir una conexión con el secreto lenguaje de mi infancia, idioma que hoy emerge al escuchar nuevamente canciones entrañables como "Manuelita", "El Reino del Revés" o "La vaca estudiosa". Y en mi memoria sonaban fascinantes palabras como malaquita que era la materia del traje de esta tortuga viajera, y también se alargaban las coordenadas de mi geografí­a en lugares tan distantes como la quebrada de Humahuaca o el montañoso pueblo Pehuajó a orillas del mar como yo me imaginaba que sonaba este nombre.

Claro que cuando niño ni siquiera sabí­a que todo este mundo de ficción que brotaba de los acordes de un long play viejo, de esos de vinil, habí­a sido creado por una autora argentina que se fue a Parí­s y que se dedicó a cantar y escribir versos para niños. Y que representa hoy dí­a una de las figuras de mayor proyección continental por su obra consolidada en diferentes dimensiones: desde la poesí­a feminista hasta la narrativa infantil, la lí­rica lúdica y muy especialmente, para mí­, sus canciones.

Abordar la obra de esta autora, conocida desde su primer libro en los años 1960 Tutú Marambá, donde recopila los primeros versos que habí­a dedicado y ensayado para los niños, representa una tarea emocionante desde la perspectiva lúdica de sus juegos con la lógica y desde las imágenes que logra construir.


En el año 2006 tuve la oportunidad de conocer a Marí­a Elena Walsh en la Feria del Libro de Buenos Aires, durante un emotivo homenaje que le hicieron en una sala í­ntima donde un grupo excepcional de jóvenes hizo un paseo musical por su obra en un escenario de cuentos maravillosos. Y ese recuerdo en este momento resulta inseparable porque representó para mí­ estar cerca de una persona que se emocionaba, igual que el auditorio, con el repertorio de esos personajes que iban desfilando, como en ese momento también í­bamos haciendo un recorrido por los recuerdos de nuestra infancia. Algo así­ como una experiencia metaficcional, pero muy cerca, en el mismo espacio compartido con esa autora de carne y hueso que para mí­ habí­a sido una lejana y borrosa figura.

Sí­, el idioma que también es cómplice para sentir que cada poema, que cada historia rimada, toca realmente esa visión compartida de la infancia, donde hay transgresiones y burlas al rí­gido mundo de los adultos, donde existen muchas prohibiciones y donde la lógica cobra otro rigor.

Walsh es subversiva, pero también contestataria. Y frente a esa dimensión tan contigua a la infancia, que es la censura, se rebela con voz potente. No solo en sus historias hilarantes de vacas que estudian, alumnos que se vuelven borricos, focas demasiado locas o canarios que ladran, sino también contra un sistema militar (y social) retrógrado y frente a la miseria del ser humano.

Rescato como parte de esta lectura particular que delineo de Walsh, dos textos de una contundencia y un valor inusitados: se trata del artí­culo "Desventuras en el Paí­s Jardí­n-de-Infantes", publicado en el diario Clarí­n en 1979 y el poema "La pena de muerte", publicado en el mismo periódico en 1991. Ambos textos, muy alejados de esa escritura infantil juguetona y burlesca, se sumergen en la ironí­a como forma literaria. Y asumen valientemente un cuestionamiento social, extremo y punzante.

Por un lado, en su artí­culo, se muestra contraria a la censura y sus diferentes formas y manifestaciones que ocupan gran parte de la Argentina en plena dictadura militar. Y toca, como parte de sus reflexiones, cómo los cuentos de hadas, incluso los más maravillosos, reproducen contenidos indigestos para la moral, inclusos fuertes y espantosos. Frente a ello, cómo determinar qué ideologí­as deben ser suprimidas para que todos los consumidores de cultura se encuentren protegidos por un sistema censor y paternalista, con aliados no solo en el poder mayúsculo, sino en ese poder minúsculo y miserable de los pequeños burócratas y acólitos de todos los regí­menes autoritarios.

Si se nos muestra otra pluma más enérgica y mordaz en esta pieza ya memorable, mucho más descarnado se revela el yo narrativo, plural en perspectivas, de "La pena de muerte". De alguna forma, todos participamos de las sentencias que históricamente han dejado profundas grietas en el tejido social, por la persecución y la marginación de clases, de razas, de personas que piensan o aman diferente.

Dos piezas imprescindibles, menos conocidas, de la obra completa de esta autora, a quien tanto debemos desde la infancia por revelarnos un idioma propio y cómplice. Y a quien tanto debemos como adultos por impelernos a desmontar otras formas detestables de lo oculto, como la censura y la prohibición, y para repudiar manifestaciones inaceptables de la complicidad, cuando se hace silencio ante la injusticia, cuando se participa de forma abierta o tácita como ejecutores de esas acciones que hieren de muerte al alma humana.

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Marí­a Elena Walsh y la magia de su poesí­aí 
Graciela Genta, autora uruguayaí 

Nadie puede dudar de que hay un antes y un después de la poesí­a de Marí­a Elena Walsh. Es la suya, una poesí­a sin edad que encanta a niños y embelesa a los adultos.

Subvierte los valores de la rigidez oficial de los discursos de la época y les regala a los niños del mundo la magia de una imaginación lúdica y con un desenfado creativo y original crea -un mundo al revés-

Las palabras son para ella juguetes. Posee autonomí­a para inventarlas y usarlas. Musicaliza algunos de sus poemas ylogra la conjunción perfecta del ritmo y la palabra.

Reconstruye, a través de la poesí­a para niños, una propia infancia y la de aquellos otros que no poseyeron el don de la creatividad y la imaginación. Junto con el deleite de la fantasí­a.

Los niños son, a su entender, los herederos legales de sus poemas, desalojando de su escritura los diminutivos que la hacen banal, y revive y acrecienta el humor de la palabra, tan necesaria a la infancia.

Resumiendo, diremos que Marí­a Elena Walsh instituye una poesí­a que provoca el goce de quien la lee y de quien la escucha y es motivo de regocijo en el corazón de todo ser sensible.

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En busca del manantial de los disparates buenos
Cristina Rebull, dramaturga cubanaí 

Por esas vueltas impredecibles que da la vida conocí­ personalmente a Marí­a Elena Walsh. Gracias al maestro Oscar Cardoso Ocampo, quien entonces me conducí­a por el mundo de la canción, Marí­a Elena Walsh me recibió en su casa, en un diciembre porteño. No recuerdo exactamente de qué hablamos. Estuve todo el tiempo tratando de hacer coincidir su afán por el disparate con su rostro severo, de mujer mayor.

Los niños viven en el disparate, se alimentan de disparates, discuten por un disparate y se regalan disparates. Los mayores evitan que los niños cometan disparates, los alejan de los disparates y quieren que aprendan de los disparates que ellos cometieron antes. Estaba yo con esa turbulencia en mi cabeza, cuando me preguntó si me gustaban los chocolates. Desde que mi hermana nació, yo le llamo -la mona Jacinta-. A mí­ me encantan, pero no puedo comerlos -dijo ella y se comió un chocolate. Mi hermana se poní­a a llorar y me decí­a que ni ella era esa mona ni tení­a hijas monitas, en cuatro sillitas. Si quieres llévate los chocolates -insistió. Yo trataba de que mis padres no me vieran, me asomaba por la ventana de su cuarto y cuando menos se lo esperaba le cantaba bajito: -Ay, no te rí­as de sus monerí­as-. Si no quieres llevarte los chocolates le digo a la muchacha que los guarde -y se los llevó. El dí­a de su cumpleaños, mientras mi abuela le hací­a una panetela de vainilla, le dije a mi hermana mona que se acercara a la cacerola y le pinté la nariz de blanco. Los tiempos han cambiado -sentenció. áTú si eres la mona Jacinta, la mona cocina con leche y harina! Me está doliendo esta pierna -me miró a los ojos. Todaví­a hoy le digo a mi hermana que ella es mi mona Jacinta, pero ya no se pone brava, al contrario. Ella dice que tiene dos hijos monitos y prepara la sopa y tiende la ropa y -áQué mona preciosa, parece una rosa!- Dale recuerdos a Oscar de mi parte, hace tiempo que no lo veo -dijo a manera de despedida. Y me fui.

Estuve parada en los bajos de su edificio unos cuarenta y cinco minutos, el corazón no me daba tregua. Habí­a estado sentada frente a la madre de la mona Jacinta durante más de una hora y no le habí­a preguntado cómo llegar al manantial de los disparates buenos.

-¦Dice Agapito que -es una señora muy aseñorada, llena de paquetes, paquetes de nada-¦-. La señora de Morón Danga llega-¦ -Una valija de nada-¦ Un paquete de nada bien atada-¦ Una cartera toda llena de nada-¦ Y un frasquito con nada. No sé por qué-¦ No sé por qué pesa tanto si está vací­o-¦-.

Por esa época mi vida era un disparate, pero un disparate de los que fabrican las personas mayores, las que pierden el rumbo y hacen bulla para anunciarse. Un mal disparate.

Quizás el camino hacia el manantial de los disparates buenos esté en saber qué hacer con esa nada, con ese disparate, con esa parte del juego donde el disparate no es tan disparatado como parece, ni la nada tan vací­a como para no pesar.

Música, texto y ritmo interno conducen el teatro de Marí­a Elena Walsh, y tanto actor como director o público deben estar dispuestos a dejarse llevar por la fuerza de un discurso dramático que parece absurdo, pero que no lo es. La autora de Canciones para mirar deja casi toda la responsabilidad del entendimiento a quien es testigo del entuerto, elemento este que hace mucho más profundo, difí­cil y divertido el mensaje escénico.

En el teatro de Marí­a Elena Walsh el texto deja de tener significado directo y las palabras se convierten en sonoridades que sirven de señales conductoras. Marí­a Elena Walsh lleva la vida cotidiana a la escena a través de la magia inteligente que ofrece el buen disparate, ese que entiende un niño, que hace sonreí­r a los padres y soltar una carcajada a los abuelos.

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Marí­a Elena Walsh: la palabra y el juego
Graciela Perriconi, profesora y crí­tica argentinaí 

Marí­a Elena consiguió revertir la tradición de libros para niños a través de una literatura no moralizante y mucho menos pedagógica. Ella le puso -el ingrediente- del juego. Yo abracé con pasión su Cuentopos de Gulubú y no hubo una alumna de las muchas que pasaron por mis cursos en Educación Superior que no haya leí­do ese libro, y luego los otros, con placer, y que no haya narrado o leí­do sus cuentos, celebrado sus canciones y dramatizado algunos de esos relatos.
Desde sus nursery rhymes dedicadas a lo que hoy conocemos como educación infantil que fueron traducidas con posterioridad a su creación del inglés al castellano, hasta llegar en el año 2008 a las ediciones de teatro Doña Disparate y Bambuco y Canciones para mirar (Alfaguara), la palabra lúdica hizo lo suyo porque son en sí­ mismas festivas, catárticas, libres, se instalan en la creatividad, despiertan la imaginación y dejan fluir adentro de los niños y los grandes, la posibilidad de ingresar en una ficción que -abre puertas- para encontrar un poquito de felicidad a través del juego narrativo constante y estructuralmente bien elaborado. Ni qué decir de sus poesí­as transgresoras y musicales hasta el punto de ser canciones.

Celebro en Marí­a Elena a una escritora que puso a la literatura infantil argentina en un lugar novedoso en la década del 1970, en que se editaron sus primeras obras con palabras libres de ataduras, -al servicio del disfrute del pequeño lector".

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Sobre la obra de Marí­a Elena Walsh
Julia Calzadilla Núñez, escritora cubana

De veras no alcanzan las palabras para describir la obra de esta escritora-universo.

Prosa y poesí­a. Juego de cascabeles y crí­tica honda. Amor y compasión. El patio de la casa y el planeta.

Las tablas del teatro y las calles donde transcurre el drama de la vida.

Y el muñeco que nos hace reí­r a carcajadas o nos inunda los ojos con agüita pura.

O la canción de cuna para un gobernante. Entre el sol y la sombra, y la inmensidad que puede guardarse en una caja de fósforos. O Manuelita la tortuga, y cigarras y perros salchichas en un reino del revés donde las canciones se miran y se tocan.

áQué magia, Señora Marí­a Elena! Ante Usted me inclino con respeto. áQue la bendiga Dios!

áQue la bendiga! Por su voz y su letra, sus silencios y acordes y su huella en las nubes cotidianas.

Por los años pasados componiendo, cantando, escribiendo, rimando, años lindos vividos en el gerundio siendo, sí­, siendo Usted galaxia y plazoleta-¦ siendo eso-¦ la hermosa serenata de la tierra de uno.


Disparates en todas partes
Irene Vasco, autora colombianaí 

Cuando Edward Lear, el poeta inglés, murió en 1888, muy posiblemente no imaginaba que sus divertidos y disparatados juegos de palabras resonaran años después en la voz de una poeta latinoamericana.

Sus cortas composiciones de cinco versos, rí­tmicas y carentes de sentido, acompañadas de caricaturas nacidas de sus propias manos, habí­an dado una vuelta de tuerca a la poesí­a de la segunda mitad del siglo XIX en su paí­s. Los niños se apropiaron de los versos, pero los mayores disfrutaron con la gracia y elegancia de las palabras.

Aún hoy se oyen con frecuencia los limericks, tal y como Lear llamaba a sus versos sin sentido:

There was an Old Man of Bohemia,
whose daugther was christened Euphemia;
but one day, to his grief,
she married a thief,
which grieved that Old Man of Bohemia.

La estructura de cinco versos, con rima consonante en el primero, segundo y quinto, fue acogida por Marí­a Elena Walsh, combinando el disparate anglosajón con el encanto de la lengua española.

Los finales inesperados de sus versos, que hacen parte de la memoria colectiva de quienes fuimos niños a mediados del siglo XX y que hoy somos abuelos, se siguen disfrutando, cantando y transmitiendo.

Sus cortos poemas de animales, aunque atados a una perfecta estructura, circulan libres, irreverentes, con un sabor tan propio, que siempre arrancan una sonrisa así­ se hayan leí­do o escuchado una y mil veces.

í¿Saben qué le sucede a esa Lombriz
que se siente infeliz, muy infeliz?
Pues no le pasa nada,
solo que está resfriada
y no puede sonarse la nariz.

Hace tiempo que tengo una gran duda:
hay una Vaca que jamás saluda,
le hablo y no contesta.
Pues bien, la duda es esta:
í¿será mal educada o será muda?

La poesí­a para niños ya no es la misma
Gaby Vallejo, autora bolivianaí 

Marí­a Elena Walsh hizo de un tajo a la poesí­a, y luego le dio un valiente giro de 90 grados. Le quitó la seriedad, desmoronó la forma acartonada, solemne, de las palabras. La poesí­a, con ella, podí­a ser asombro, risa. Fue su hermosa manera de escapar del terror polí­tico, de las reglas sucias de las dictaduras y de la censura. Ayudó a los niños a no oí­r, a saltar el miedo de las casas y de las calles, de las ciudades sitiadas, para ir a encontrar a la -vaca estudiosa-, al -zoológico loco-, a las -pavas con fama de letradas- y sobre todo al -mundo al revés-. Ella se quitó primero la seriedad y luego se la quitó a los docentes y a los niños argentinos. Y se salió de su paí­s para reí­rse con toda Latinoamérica. Desde entonces la poesí­a para niños ya no es la misma.

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Mi deuda impagable con una generosa prestamista
Luis Caissés Sánchez, autor cubano

Yo no tuve, de niño, la buena suerte que luego tuvieron otros de crecer oyendo las canciones de Marí­a Elena Walsh. Pero siempre le estaré agradecido de haberla escuchado en el momento que más le hací­a falta al novel escritor para niños que era yo a finales de los ochenta. Ya por entonces me mostraba reacio a hacer el tipo de literatura que era común entre nosotros los cubanos puesto que, salvo muy pocas excepciones, seguí­a prevaleciendo en ella la ñoñerí­a, la simplicidad, el didactismo y sobre todo una encubierta preceptiva que mucho tení­a que ver con el más viejo y rancio conservadurismo. Conservadurismo que, devenido juez, la maniató con su extensa lista de tabúes.

Para mí­ fue muy estimulante descubrir que a los niños se les podí­a educar de un modo que les resultara divertido y que, para jugar a aprender o aprender jugando, todos los recursos estaban permitidos: desde la picardí­a y el humor hasta el absurdo y el disparate. Y esa fuerza transgresora y, por tanto, liberadora nos llegó a través de las canciones de la Walsh. Y hablo en plural porque a partir del conocimiento de ellas, la vanguardia de la que yo formaba parte le dio un giro de noventa grados al género y lo puso al mismo nivel, o cuidado si un poquito por encima en ciertos momentos, de lo mejor que se estaba haciendo en el continente.

Marí­a Elena Walsh fue y sigue siendo un paradigma de la literatura para niños en Iberomérica. A ella tendrá siempre que acudir quien quiera hacer una poesí­a para niños perdurable por la riqueza de sus imágenes, casi siempre tan pí­caras como los lectores a los que están dirigidas, y la diversidad y originalidad de los asuntos tratados en ella. Su mayor contribución ha sido demostrar que no hay asuntos intrascendentes, sino modos infelices o ingeniosos de abordarlos. Ha dotado, además, al género de personajes memorables como la hormiga Titina, la mona Jacinta, Juan Poquito, la reina Batata y sobre todo el también tan querido y repetido brujito de Gulubú. No en balde su obra goza del destino que todos quisiéramos para nuestra poesí­a: pasar a ser propiedad del pueblo, de generación en generación, que no se cansa de cantarla. Y a ello puede que haya contribuido la alegre, eficaz y contagiosa manera en que ha musicalizado sus textos, pero también, en buena medida, la calidad de estos últimos: auténticos poemas y no simples letras de canciones.

Hay, por último, otro mérito que no se le puede negar: el de haber extendido la geografí­a de Nunca Jamás, ese paí­s de Maravillas que ya no se concibe sin el paí­s de Nomeacuerdo y sin el Reino del Revés.

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La escritora que más ha influido en mí­
Lara Rí­os, autora costarricenseí 

La escritora argentina Marí­a Elena Walsh es un emblema en la literatura para los niños. Tiene una enorme sensibilidad para dirigirse a los pequeños, para hacerse entender por ellos y para que hagan suya su literatura.

En 1973 tuve la oportunidad de visitar la Argentina y me metí­ a curiosear en las librerí­as. Me encontré entonces el libro Tutú Marambá, de Marí­a Elena Walsh, que me impresionó enormemente. Durante el viaje lo leí­ un montón de veces y al llegar a Costa Rica me sirvió de inspiración para escribir mi poemario Algodón de azúcar, con el que gané el premio Carmen Lyra en 1976.

Marí­a Elena Walsh es la escritora que más ha influido en mí­ y me ha agrandado el panorama de lo que son poemas lúdicos, llenos de humor, basados en la fantasí­a y en el disparate.

En Tutú Marambá los poemas germinan en cada reglón y el aroma de lo absurdo se percibe con insistencia a través de todo el libro. Esta obra habí­a aparecido en 1960 y era el primer libro de versos de la autora. Se dice que, sin lugar a dudas, esta obra marca el antes y el después de la literatura para niños en Argentina. El libro es divertido de principio a fin y cada palabra está tan llena de vida que a veces desconcierta. Lo lúdico y lo absurdo se dan la mano y la fantasí­a sale a relucir con sus más vivos colores.

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Marí­a Elena Walsh: otro paí­s
Yanitzia Canetti, autora cubanaí 

La conocí­ de casualidad. Ella cantaba por los altavoces del teatro guiñol al que me llevaba mi madre, en La Habana. Habí­a calor, como siempre. Habí­a una larga fila de gente que se agitaba y chiquillos que chillaban. Habí­a que esperar a que abrieran las puertas de aquel pequeño teatro urbano, hundido dentro del edificio más alto de Cuba. Fue allí­, en medio de mi ruinoso mundo tropical, que Marí­a Elena Walsh comenzó a edificar clandestinamente, sin darse cuenta, mundos imaginarios con su canto... reinos del revés que pronto pondrí­an todo al derecho. Ella cantaba y cantaba por los altavoces, anticipándose siempre a la función de las marionetas.

-í¿Cuándo va a empezar la función?-, le preguntaba impaciente a mi madre, deseosa de ver tí­teres y titiriteros en acción.

Y Marí­a Elena cantaba: perro salchicha con calma chicha...

Luego, en el transcurso de la semana yo escuchaba también los discursos patrióticos, los comunicados pioneriles, los ví­tores, los himnos, las consignas... y por alguna extraña razón, brotaba en mi memoria la música de la Walsh: Habí­a una vez un bru, un brujito en Gulubú que a toda la población embrujaba sin ton ni son... Andate viejito que ya es tarde para vos... que usan barbas y bigotes los bebés... que un ladrón es vigilante y otro es juez... que se cae para arriba y una vez no pudo bajar después....

Nunca entendí­ muy bien las canciones, he de confesar, parecí­an disparates, rompecabezas, desatinos, pero cada vez me gustaba más aquel reino musical cuyas palabras decí­an más de lo que decí­an, o cuando menos, provocaban una alegrí­a desconocida y una secreta invitación hacia -otro paí­s-, donde todo es posible: la imaginación.

Han pasado los años. La función de los titiriteros ya no existe. Los altavoces dejaron de entonar aquellas alocadas y dulces melodí­as. Y hoy, en -otro paí­s-, sigo sin entender, he de confesar otra vez, las letras de sus canciones.
Por eso, como en una hermandad, atesoro los secretos de su música y me dedico hoy a escribir para los niños. No les puedo revelar nada de lo que sé, porque nada sé todaví­a, pero quiero que conozcan y vivan, como yo, en el misterio interminable de la poesí­a de Marí­a Elena Walsh. Y quiero vivir por siempre en el Reino del Revés, en el paí­s de Nomeacuerdo... Quiero un cielo bien celeste aunque me cueste.


Como si Marí­a Elena fuera a reconocerme...
Cecilia Pisos, autora argentinaí 

Cuando yo era chica, tení­a una extraña teorí­a: creí­a que los autores se enteraban cuando alguien leí­a sus textos, que la comunicación que permití­a un libro era bidireccional, que ellos también nos conocí­an a nosotros, los lectores. Por eso, cuando mi papá quiso llevarme a saludar a Marí­a Elena Walsh, luego de una función de Doña Disparate y Bambuco, en la magiquí­sima Botica del íngel, le dije que no y lo arrastré afuera de la sala, agitada y nerviosa, como si Marí­a Elena fuera a reconocerme, de nuestras tardes junto al tocadiscos, en el living de casa, y a preguntarme: -Cecilia, í¿te gustó esta historia?-. Porque yo hací­a ya rato que vení­a, no sólo leyendo cuentos de su pluma, sino escuchando cuentos de su voz.

La segunda vez que estuve -así­ de cerca- de Marí­a Elena fue en una de las primeras Ferias del Libro de Buenos Aires, donde hice la fila para que me firmara mi ejemplar de Juguemos en el mundo, con marcador azul y ojos mansos y gentiles. -í¿Por qué no le dijiste nada?-, me preguntó mi papá nuevamente. -No sé, me dio vergüenza-, contesté, sabiendo secretamente que la verdad era otra: que ya éramos tan viejas conocidas, ya nos habí­amos encontrado tantas veces donde realmente contaba, es decir, en los libros, que no hací­a falta que nos dijéramos nada.

í¿Y qué era lo que más le gustaba de los cuentos y poemas de Marí­a Elena Walsh a la Cecilia Pisos de siete, ocho años, cuando comenzaba la década del 70 y también sus ganas de escribir? Que no fueran cuentos, sino cuentopos; que no fueran poesí­as obligatorias para memorizar y recitar -como loro-, sino versos locos, puro disparate, pura risa y puro placer. De los libros de Marí­a Elena no habí­a que salir con una enseñanza o una moraleja apretada en el puño rabioso; en cambio, se salí­a y se volví­a a entrar en ellos por propia voluntad y porque provocaban cosquillas a la altura de la sonrisa.

Pasaron muchos años y muchos libros y, después de haberla leí­do minuciosamente, con la lupa reveladora que nos dejan incrustada a los que hacemos la carrera de Letras; después de haberla leí­do gozosamente, a cuatro ojos y a dos voces, con mis hijos, que la heredaron y, estoy casi segura, la heredarán a los suyos; después de haberla leí­do, finalmente, en -modo autora de textos de literatura infantil y juvenil-, descubrí­ y comprobé, tras cada tan diferente lectura, que lo que me sigue gustando de los libros de Marí­a Elena es lo mismo que antes, aunque lo diga con mis palabras de ahora: su nonsense criollo y reidor, su porquesí­ atorrante y juguetón, su gesto interminable de, precisamente, -juguemos en el mundo-, cifra y definición de una literatura viva y sin limitaciones.

Por el contrario, en otra cosa sí­ cambié de idea: ahora que también soy autora, sé que no siempre puedo conocer a mis lectores, sé que me encantarí­a saber sus nombres, ver sus caras. Descubrí­ que sólo excepcionalmente la comunicación que permite un libro es bidireccional. Entonces, y aunque según mi antigua teorí­a, serí­amos todaví­a más viejas conocidas que antes, esta vez prefiero presentarme y decirle a Marí­a Elena muchas gracias por las horas de felicidad que me dieron sus libros.