Los libros que se cayeron al piso
A las seis y cuatro de la tarde del 24 de junio a los venezolanos nos cambió la vida. Durante varios minutos el mundo perdió su estabilidad, mientras el piso comenzó a sacudirse bajo nuestros pies. Las paredes crujieron y los objetos comenzaron a caer, desparramándose y estallando en el piso.
Poco antes de bajar las escaleras en pánico, giré la cabeza y tuve la visión de un caos de vidrios rotos, muebles y libros regados junto a las bibliotecas desplomadas. A los días, cuando empezaron a circular algunas fotos de cómo habían quedado las casas de otros amigos escritores, se repetía la imagen de libros dispersos de forma caótica al lado de travesaños y estanterías patas arriba.
Rearmar una biblioteca es una tarea extraña, paciente, yo diría que espiritual. No consiste únicamente en colocar cada libro en el lugar donde creíamos que estaba. Es, sobre todo, una forma de reencontrarse con una parte de la propia vida. Cada libro trae recuerdos del momento en que llegó a nuestras manos, la ciudad donde lo compramos, el amigo que nos lo regaló, el autor que nos lo dedicó, las conversaciones, los lugares.
Durante varios días, mientras los iba levantando del piso, no estaba simplemente reordenándolos: estaba recorriendo, sin proponérmelo, una biografía hecha de lecturas.
Recuerdo que hace algunos años escribí un artículo sobre el azar en la lectura: “Geografías del azar en la formación de lectores”. Exploraba en ese texto la misteriosa ruta por la que ciertos libros llegan a nosotros exactamente cuando tienen el poder de transformarnos, de tocarnos. Incluso cómo ciertas coincidencias alrededor de los libros han hecho posible la creación de obras inolvidables.
La historia de una biblioteca personal es también la historia de una sucesión de encuentros fortuitos. Un libro puede llegar a nuestras manos durante una visita a una librería de viejo, otros llegan como un regalo de cumpleaños, otros porque los compramos en un viaje o los vamos cargando (y perdiendo) en mudanzas… hasta que terminan acompañándonos durante una vida. Nunca sabemos del todo si somos nosotros quienes elegimos los libros o si, en ciertos momentos, son ellos quienes terminan escogiéndonos.
Ahora que han pasado algunas semanas, pienso de nuevo en esta reflexión sobre el azar. El terremoto no solo cambió el orden de mi biblioteca, sino también el orden de mis recuerdos. Al levantar un libro, aparecía otro que llevaba años sin abrir. Debajo de un tomo empastado resurgía uno que había olvidado o que no recordaba tener. Entre los escombros de papel asomaban títulos que habían permanecido silenciosos durante mucho tiempo y que, de pronto, parecían reclamar mi atención.
No estaba buscando ninguno de ellos. Simplemente comenzaron a aparecer.
Pocos días después del sismo, tuve la oportunidad de leer cuentos a un grupo de niños que estaban refugiados en el Parque del Este, el sitio donde suelo caminar todas las mañanas y tomar fotos de insectos. Allí estaban ahora, transitoriamente, familias que habían perdido sus casas. Lo primero que pensé, cuando me invitaron a esta lectura, fue cómo iba a encontrar en ese desorden el libro que debía preparar para leer.
Elegir qué leer nunca es una decisión improvisada. Mucho menos cuando quienes van a escuchar una historia acaban de atravesar por una experiencia que incluso los adultos apenas conseguimos entender. ¿Debía escoger un relato que hablara del miedo? ¿Un libro sobre catástrofes naturales? ¿Uno que invitara a olvidar lo ocurrido? Mientras me hacía esas preguntas, seguía sacando volúmenes de aquellos montones que aún estaban en el suelo.
Por mis manos pasaron varios títulos. Aparecieron algunos de la colección Buenas Noches, como ¿Quién es la señora García?, de David McKee, una historia jocosa sobre aquello que a veces nos hace enojar; o Choco encuentra una mamá, de Keiko Kasza, un libro de esos que desafían el paso del tiempo y que explora la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. También hallé con regocijo Toribio y el sombrero mágico, escrito e ilustrado por Annegert Fuchshuber, un cuento que instala lo maravilloso en la cotidianidad consumista, y que me recordó mis primeros libros comprados en la librería del Banco del Libro. Aparecieron Días con Sapo y Sepo, de Arnold Lobel, con sus historias eternamente encantadoras y otros títulos que me devolvían escenas ya olvidadas de mi vida. Algunos los empecé a poner a un lado porque despertaron un recuerdo; otros porque, por alguna razón difícil de explicar, me emocionaron por el solo hecho de reencontrarlos. Sabía que con este método tan disperso nunca iba a terminar de seleccionar uno para la lectura que tenía que hacer y mucho menos reacomodar las bibliotecas.
Finalmente escogí El mosquito zumbador, un libro en tapa rústica, escrito por Verónica Uribe y bellamente ilustrado por Gloria Calderón.
La decisión fue menos racional de lo que parecía. Pensé en el lugar donde iba a contar la historia. En ese parque lleno de carpas improvisadas, rodeado de árboles y, seguramente, de muchos zancudos. El libro incluía onomatopeyas que los niños podían repetir durante la lectura; los protagonistas del cuento realizaban un pequeño viaje a la selva; además, la estructura acumulativa motivaba a participar y la historia concluía con una escena jocosa que invitaba a reír. No aludía al terremoto ni a desastres, pero sí, en cierta forma, a una circunstancia nueva como la que ellos estaban viviendo. Y por eso me pareció el adecuado.
Con los años he aprendido que un factor de éxito en la mediación lectora consiste en encontrar el texto apropiado para el momento adecuado (si se quiere otra magia del azar). No necesariamente el que refleja de manera literal lo que están viviendo los lectores, sino aquel que abre una puerta para respirar, imaginar, jugar o conversar desde otro lugar. A veces la metáfora y el espacio simbólico protegen mejor que el espejo de la realidad.
Durante la lectura los niños se rieron con el mosquito impertinente, repitieron las onomatopeyas y acompañaron la historia como si, durante unos minutos, el mundo cobrara un nuevo sentido.
Cuando regresé a casa luego de esta experiencia, los libros que había reservado en un anaquel seguían allí esperándome. De alguna manera insistían en decirme algo.
Y decidí escucharlos.
¿Qué conversan los libros cuando están muchos días en un estante?
Volví a tomar en mis manos esos primeros libros que había dejado en un montoncito aparte sobre un estante aún vacío y cubierto del polvo que estaba por todas partes. Habían permanecido allí juntos por unos días mientras yo ordenaba y repasaba cada uno con un trapo. Ninguno había sido escrito para hablar sobre catástrofes. Ninguno pretendía ofrecer recetas para aliviar el dolor. Sin embargo, todos parecían girar alrededor de una misma idea: la poderosa capacidad que posee la literatura para acercarnos a aquello que resulta difícil nombrar. Las pérdidas, las ausencias, la desolación, el desarraigo o la muerte encuentran en las historias una forma de hacerse visibles sin necesidad de presentarse de manera explícita.
El primero en la pila era Rompecabezas, de la escritora argentina María Fernanda Maquieira. Ella misma me lo regaló durante una visita a Buenos Aires. Recuerdo que al dármelo, me habló de la necesidad de recuperar ciertos episodios de la memoria argentina para los nuevos lectores. El libro volvía a mis manos muchos años después, muy lejos de Argentina, en medio de un episodio que nos había cambiado la vida para siempre.
La novela transcurre en el contexto de la guerra de las Malvinas y las heridas que dejó la dictadura militar. Mora, la protagonista, crece sin comprender del todo por qué vive con su abuela ni por qué ciertas preguntas parecen prohibidas. Poco a poco el lector descubre que sus padres forman parte de la larga lista de desaparecidos y que la historia familiar está hecha tanto de silencios como de recuerdos. Paralelamente, uno de sus compañeros de clase espera noticias del hermano que ha ido a combatir como soldado, hasta que la guerra termina por instalar otra ausencia en el corazón de esa pequeña comunidad.
No es una novela sobre el dolor. Me parece que es una novela sobre la vida que continúa alrededor del dolor.
Quizás por eso me impresionó volver a encontrarla en los días posteriores al terremoto, cuando comenzaron a aparecer las heridas, expuestas en las grietas de los edificios, en las bolsas de escombros en las calles, en las listas de desaparecidos, en las familias que esperaban noticias, en las personas que aún ignoraban si volverían a encontrar a alguien bajo las montañas de escombros. La novela no explica las ausencias ni pretende resolverlas. Instala algo mucho más valioso: les concede un lugar dentro de la vida de la protagonista. Nos recuerda como lectores que la existencia es un rompecabezas que nunca termina de completarse del todo y que, aun cuando faltan algunas piezas, encontramos un sentido si rellenamos los vacíos del cuadro con los recuerdos.
La isla viajera, de Antonio Orlando Rodríguez, con ilustraciones de Ana María Londoño, también se sumaba a esta conversación. Publicado en 2004, retoma el esquema del viaje, la separación y el retorno.
Recuerdo haber conversado con el autor sobre este cuento cuando acababa de publicarse y sobre la sensación de desprendimiento que atravesamos quienes hemos perdido el lugar de origen. Nunca me dijo que esta historia hablaba sobre Cuba. No hacía falta. Las mejores metáforas no necesitan ser explicadas.
En la obra, un fragmento de una isla se desprende y comienza a navegar por el mar llevando consigo a un niño, a varios animales y a un pequeño pedazo de su mundo. Durante los años transcurridos en el islote errante, el chico vive aventuras y conoce lugares extraordinarios hasta que, cuando ya le empiezan a crecer los bigotes, ese pedazo de tierra flotante regresa al mismo punto de donde partió. Entonces las mujeres de los pescadores cosen aquel islote a su lugar de origen para que nunca vuelva a separarse.
Mientras releía sus páginas y disfrutaba de las peripecias marinas, pensé que pocas imágenes expresan mejor la experiencia de la migración. Hay personas que se pasan la vida intentando reconstruir el sitio del que fueron arrancadas. Otras aprenden a vivir diferente en el territorio al que llegaron, llevando dentro de sí sus recuerdos de la patria que quedó atrás. Los venezolanos conocemos demasiado bien ambas experiencias. Millones de personas han debido abandonar el país durante los últimos años, las familias se han separado, la patria queda como una promesa de retorno… El sismo agregó otra forma de desprendimiento: edificios enteros, barrios enteros y vidas enteras, en escasos segundos, dejaron de estar donde siempre habían estado.
La obra no habla de la nostalgia de partir, habla del regreso. Y, sobre todo, de la esperanza de que algún día aquello que se rompió pueda volver a unirse, aunque nunca vuelva a ser exactamente igual.
El tercer libro esperaba entre los demás: Eric, escrito e ilustrado por Shaun Tan, y menos conocido que su novela gráfica Migrantes.
Lo tengo autografiado. Eso es lo primero que vi al abrirlo. Cuando miré el autógrafo, recordé una escena que nada tiene que ver con el relato. El último día del congreso de IBBY en Londres, cuando casi todos los participantes ya se habían marchado, me encontré con Shaun Tan entrando al edificio. Esa mañana me había firmado dos libros y yo apenas había intercambiado unas brevísimas palabras con él, sin embargo se acordó de mí. Al reconocerme, se detuvo a conversar conmigo durante un largo rato. Me contó que su hermano vivía en Brasil y yo le hablé de América Latina. Nunca dejó de sorprenderme la sencillez con la que una de las voces más importantes del libro álbum contemporáneo se detenía a conversar con alguien a quien apenas había conocido.
Quizás por eso leo Eric como una historia sobre la amabilidad y la gratitud.
Una familia recibe a un visitante, extraño y silencioso, que se hospedará con ellos como parte de un intercambio cultural. Sus costumbres desconciertan a todos. Observa detalles que nadie más mira. Es un poco enigmático. Un día se marcha sorpresivamente, casi sin despedirse. Al irse, la familia descubre que en la despensa, donde ha pasado la mayor parte del tiempo, Eric ha cultivado un fantástico jardín de flores exóticas, el cual muestran con orgullo a quienes visitan su hogar. “Mira lo que Eric nos dejó como regalo”, dicen. El contraste entre las páginas dibujadas en sepia y la última, llena de color, enfatiza el agradecimiento.
Algunos libros también causan ese mismo efecto. Llegan silenciosamente. Permanecen un tiempo entre nosotros. Y cuando creemos que los hemos olvidado, descubrimos que han dejado algo maravilloso creciendo en nuestro interior.
La obra también transmite un mensaje poderoso: la capacidad que tienen los seres humanos, cuando se lo proponen, de hacer brotar las semillas espléndidas de la belleza y la generosidad. Pensé inmediatamente en un texto de Michèle Petit muy apropiado para este momento de tanto dolor: Transfigurar el horror en belleza, que releí pocos días después del terremoto.
En la misma montaña que había puesto aparte estaba El cielo, de Nicholas Allan, un cuento que amo y que utilizo mucho en mis talleres sobre el libro álbum. Hace algún tiempo, Pablo Larraguibel, editor de Ediciones Ekaré, me dijo entre risas que dejara de promocionarlo porque ya estaba descatalogado y que la gente seguía preguntando por él porque lo mencionaba en mis talleres. "Vamos a tener que reeditarlo", bromeó. Recordé la conversación apenas rescaté el libro y comencé a hojearlo. Tiene mucha personalidad por su formato, por su ingenuidad gráfica y por el particular tono azul de su tapa.
La historia es de una sencillez conmovedora. Rita debe despedirse de Roque, su perro, cuando unos ángeles caninos vienen a buscarlo para llevarlo al cielo. Antes de partir, la chica y su mascota piden unos minutos para conversar. Nada extraordinario sucede. No hay grandes discursos sobre la muerte ni explicaciones trascendentales. Solo el tiempo necesario para decirse adiós mediante un diálogo ingenuo y salpicado con notas de humor.
No es un libro pretencioso, incluso sus imágenes son elementales. Pero es un título que se puede recordar siempre. No pretende responder una de las grandes preguntas de la humanidad. La acompaña.
Después de este desastre natural, muchas personas, sobre todo los niños, no necesitan que les expliquen algo que están viviendo en carne propia. Necesitan tiempo y compañía: para comprender lo ocurrido, para llorar, para recordar, para despedirse de quienes ya no van a volver. Este libro nos revela con un lenguaje simbólico y una delicadeza admirable que despedirse también es una forma de amar.
El siguiente volumen me devolvió a mis comienzos como promotor de lectura, como lector de libros infantiles. Se trata de Tragasueños, de Michael Ende, ilustrado por Annegert Fuchshuber.
Durante mi estancia en la Internationale Jugendbibliothek de Múnich me hospedé en una de las habitaciones destinadas a investigadores y becarios del el castillo de Blutenburg. Años después supe que aquel espacio había sido transformado en un pequeño museo dedicado a Michael Ende. Me gusta imaginar que, sin saberlo, pasé muchas noches habitando un lugar que terminaría convirtiéndose en un espacio dedicado a conservar la memoria de uno de los grandes narradores del siglo XX.
En esta obra, una princesa, de nombre Dormilina, no logra conciliar el sueño porque las pesadillas la desvelan. El rey, quien ama mucho a su hija, emprende entonces un viaje para encontrar una cura a su enfermedad. En un paraje yermo y frío se topa con un ser de aspecto estrafalario que tiene el poder de devorar los malos sueños: se alimenta de ellos. Gracias a este personaje podrá devolverle el descanso a la princesa.
En los cuentos clásicos ocurren muchos eventos maravillosos. La magia puede transformar la desgracia en fortuna. Pero no la magia fácil e instantánea, sino aquella que emana de una energía poderosa y profunda, que exige esfuerzo para ser encontrada y que surte efecto en el tiempo oportuno. Para dar con un tragasueños se requiere coraje. Y sabiduría, para descubrir las palabras clave que rompan el maleficio.
Creo que todos necesitamos ahora, de alguna manera, un tragasueños.
No para olvidar. Sino para encontrar la paz en el sueño.
El ángel del abuelo, de Jutta Bauer, descansaba casi de último en esta pila. Tuve la fortuna de conocer a la autora durante un congreso de IBBY en Santiago de Compostela, cuando le dieron el premio Hans Christian Andersen. Escucharla hablar de sus libros fue descubrir que la sencillez puede ser una de las formas más profundas de la inteligencia. Por casualidad (de nuevo el azar), coincidimos en la misma mesa del almuerzo antes de la jornada de la tarde.
El álbum cuenta la historia de un abuelo que recuerda cómo un ángel lo acompañó a lo largo de su vida. Lo protegió de la guerra, de los accidentes, de las pérdidas. Al final comprendemos que este relato es también una forma de despedirse de su nieto y de decirle que nunca estará completamente solo.
Pensé entonces que este título es muy oportuno para nuestro contexto venezolano, en el que ahora hay tantos abuelos y abuelas solos porque sus hijos y sus nietos se han ido en las oleadas migratorias y niños sin padres porque estos perecieron durante el sismo… El libro acoge esa tradición tan nuestra del ángel de la guarda y de todas las presencias que, de alguna manera, acompañaron a los que lograron sobrevivir.
Los libros para la niñez que permanecen en la memoria poseen esa extraordinaria facultad de decir mucho con recursos elementales, de adaptarse a distintos contextos y de conectar lectores de diferentes edades. Esta obra habla sobre los que se van, pero sobre todo de los que permanecen. También invita a reflexionar sobre los lazos invisibles que conectan los recuerdos. Y, además, alude a la fe.
De noche en la calle, de Ángela Lago, es un libro silente muy ingenioso por la forma en que deben desplegarse las páginas, casi en forma de L para poder visualizar las escenas. Eso me lo enseñó la propia autora.
Ese ejemplar trae consigo un recuerdo muy querido: Ángela Lago y yo caminando al final de la tarde por Monte Albán, ella con un sombrero ancho para protegerse del sol. Nos escapamos de un congreso en el que participábamos en Oaxaca. Caminamos despacio entre las ruinas, a veces tomados del brazo. Justo allí, aceptó el encargo para hacer una portada preciosa para la revista Barataria. Empezamos una amistad que duró muchos años. La recuerdo como una mujer dulce, de enorme sensibilidad e ideas geniales.
Su libro cuenta en imágenes la historia de un niño que recorre las calles intentando sobrevivir. Los automóviles se detienen frente al semáforo, los adultos lo miran con desconfianza, apartan la vista o levantan el vidrio de las ventanas para gritarle. Solo un perro parece compartir con él una forma elemental de solidaridad.
En las páginas de este álbum, el negro crea una atmósfera pesada, opresiva. Sobre el fondo oscuro destacan verdes luminosos, amarillos intensos, rojos y azules brillantes… El libro despliega una dura realidad. Y ofrece un muestrario expresiones humanas negativas: rostros transfigurados por el desprecio y el odio, risas crueles, miradas violentas… y casi nada de solidaridad y ternura.
Las catástrofes desatan las luces y las sombras individuales y colectivas, y ponen a prueba nuestra manera de mirar al otro. Podemos verlo como una amenaza. O podemos reconocer en él a alguien que necesita de nuestra ayuda.
Sin duda, los libros para la infancia pueden ser aliados excelentes cuando queremos desarrollar y fortalecer la empatía, una conexión emocional que no enseña ninguna asignatura escolar. Los personajes distintos, desvalidos, marginales, tienen el poder de conmovernos y de hacernos sentir su desgracia como propia. Y en los momentos en que se abren fracturas sociales, estos libros cobran un mayor sentido.
La metamorfosis de los libros
1.
La larva de una libélula puede pasar algunos años bajo el agua hasta que, llegado el momento de la última muda, emerge, se posa sobre un tallo y comienza un proceso fascinante de metamorfosis. El exoesqueleto que le sirve de protección se rompe por el dorso y poco a poco se va liberando un adulto alado, frágil hasta que su cuerpo se endurece y sus alas, casi invisibles, están listas para volar.
Podría parecer un proceso traumático y, durante un momento, ese nuevo ser dar la impresión de ser tan vulnerable y deslucido que no seríamos capaces de imaginarlo como uno de los insectos más hermosos y eficientes de la naturaleza.
2.
Cuando terminé de poner el último libro en su anaquel, los estantes habían recuperado, más o menos, el orden que tenían. Los libros volvieron a ocupar sus lugares. Aunque, por supuesto, no todo había quedado igual.
Una biblioteca es un mapa de la propia vida, con sus recovecos, sus callejones y sus jardines secretos.
Quizás por eso encuentro sentido en que se hayan caído al piso. Y hoy mi biblioteca es producto de una metamorfosis, aunque no tan espléndida como la de una libélula.
3.
Durante los días que siguieron al terremoto, en mis caminatas matutinas, recorrí las calles de mi barrio, uno de los más golpeados por el desastre natural. Paredes enteras se habían desprendido. En algunos edificios, columnas de hierro improvisadas servían para apuntalar las que se habían dañado. En las aceras arborizadas se acumulaban las bolsas de escombros y las grietas dejaban marcas visibles. Tenía la rara sensación de estar deambulando por una ciudad fantasma, con sonidos de pájaros y la vista imponente de una montaña.
Metamorfosis. Cambio. Destrucción. Renacimiento.
La metamorfosis de los libros es invisible. No son ellos los que se transforman, sino los lectores.
Estoy seguro de que después de esta devastación renaceremos distintos. Quiero creer que con mayor esplendor.
Y los libros estarán allí para acompañarnos.