Ilustración de Esperanza Vallejo para 'Yo, Mónica y el Monstruo', de Antonio Orlando Rodrí­guez. Medellí­n: Editorial Colina, 1994.
  • Ilustración de Esperanza Vallejo para 'Yo, Mónica y el Monstruo', de Antonio Orlando Rodrí­guez. Medellí­n: Editorial Colina, 1994.

Miradas a Esperanza Vallejo  

Varios

En este homenaje a la ilustradora Esperanza Vallejo, un grupo de crí­ticos y autores de diferentes nacionalidades escriben sobre la conocida artista colombiana y comentan su trabajo. Ellos son: Manuel Peña Muñoz, de Chile; Yolanda Reyes, Irene Vasco, Triunfo Arciniegas y Alekos, de Colombia; Iliana Prieto, Sergio Andricaí­n y Antonio Orlando Rodrí­guez, de Cuba; Ana Garralón, de España, y Fanuel Dí­az, de Venezuela.

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Retazos para armar imágenes
Fanuel Hanán Dí­az, autor y ensayista venezolanoí 

La primera impresión que tuve del mundo de Esperanza Vallejo fue en una azotea rodeada de plantas, en su apartamento de Bogotá. Una pared de intenso azul cobalto contrastaba con una estatuilla de yeso que orinaba el agua de la planta que sostení­a, cada vez que se regaba. Y esta artificiosa maceta, mezcla de picardí­a y genialidad, me ofreció la primera pista para descifrar el mundo interior, inmensamente creativo, de esta ilustradora colombiana.
El verde comestible de las hojas ofrecí­a un marcado contraste sobre el fondo azul de la pared, destacado por el plano cremoso de la vieja escultura del cupido que chorreaba su descarga amorosa mientras, en lo profundo del macetero, temblaban ligeramente las raí­ces.

Una mirada más detenida al trabajo de Esperanza me reveló su manera de usar el color, el manejo de ese lenguaje por medio de las composiciones. El color disonante, puro, ofrecí­a un amplio mosaico de posibilidades en cada original que me colocaba ante mis ojos. Y así­ me iba mostrando una galerí­a de personajes también contrastantes, bipolares, que daban cabida a la refinación, el ridí­culo, la rabia, la coqueterí­a y una cierta nostalgia. Pero, sobre todo, la riqueza visual de imágenes muy coloridas, dominadas por los tonos cálidos y vibrantes.

En Yo, Mónica y el monstruo (Colina, 1994), la artista intensificó el despliegue cromático a través de valores complementarios que potencian la psicologí­a de los personajes. En este trabajo, como en otros, una visión perspectiva poco convencional ofrece cierta ingenuidad a sus composiciones, pero también hace parte de ese proceso de búsqueda constante que se refleja en su quehacer artí­stico.

En Palabras que me gustan (Norma, 1988), se integran distintos elementos plásticos como una aproximación tí­mida a propuestas más arriesgadas que orientan sus nuevos trabajos. Los collages apuntan al carácter de experimentación continua que dan dinamismo a las propuestas formales de esta ilustradora. Recortes de periódicos, piezas de metal, fotos de época, agujas, emplastes de pintura, maderas, vidrios de colores, forman algunas piezas de ese lenguaje más suelto de texturas y volúmenes.

Una tendencia preciosista y referencias ineludibles al art nouveau delatan algunos rostros femeninos como se observa en la pretenciosa Marí­a de "Los besos de Marí­a", cuento de Triunfo Arciniegas (revista Espantapájaros, Ní° 13, 1992), o los elegantes personajes de -ílbum de Recuerdos. Johannes Chrysostomus Wolfgang Theophilus Mozart-, escrito por Irene Vasco (revista Batuta, Ní° 1, 1996).

A través de estas imágenes, que recuperan otros tiempos, se da cita una estética posmodernista, que encauza esa combinación de mundos y elementos disonantes, productos del artificio creativo y surrealista. No es difí­cil imaginar, escondido entre los personajes, un rictus de sensualidad que se transforma en picardí­a, en las miradas atónitas y penetrantes y en las sonrisas a medio camino.

Las composiciones de Esperanza Vallejo reflejan el obligado compromiso de las ilustraciones infantiles: la capacidad de insinuar más allá de una mirada furtiva o atenta. El rico entramado de colores seduce al espectador para una lectura más atenta, donde los detalles aparentemente fortuitos maduran nuevas posibilidades de sentido.

Quizás esa imagen contrastante de la estatua-maceta del apartamento de Bogotá, que me vino a la memoria para comenzar esta semblanza, refleja ese espí­ritu de asociaciones que Esperanza Vallejo vuelca en cada ilustración, ofreciendo un tejido de pequeños y grandes nudos para desenredar con la mirada, la imaginación y el intelecto. Porque la riqueza visual de estas composiciones también comenta la genialidad de una visión artí­stica muy particular que descubre valores no convencionales en los objetos y los recursos plásticos.

El oficio de ilustrar para niños impulsa, en la obra de Esperanza Vallejo, la frescura de esta nueva mirada hacia el mundo y el arte.


Apuntes sobre la obra de Esperanza Vallejo
Sergio Andricaí­n, autor e investigador cubanoí 

Desde que lo "descubrí­", el quehacer plástico de Esperanza Vallejo no ha dejado de sorprenderme. Entré en contacto con él a través de un conjunto de imágenes realizadas para la revista Espantapájaros hace ya algunos años. Las ilustraciones acompañaban historias de los autores Triunfo Arciniegas y Antonio Orlando Rodrí­guez (-Los besos de Marí­a- y -Las trenzas de Fiorella-, respectivamente). Los dos textos, muy distintos el uno del otro, sugerí­an tratamientos disí­miles, y así­ fueron las propuestas de Esperanza Vallejo: marcadamente diferenciadas, revelando, en ambos casos, una atenta lectura de los relatos. Sin embargo, al contemplar esas imágenes, también percibí­ que ellas guardaban algo en común: poní­an de manifiesto que su creadora era dueña de un sentido del humor muy singular, el cual le permití­a leer, de manera distanciada y aguda, la realidad circundante. Y era ese saber el que luego utilizaba Esperanza Vallejo para interpretar las historias infantiles y trasvasarlas al lenguaje de las artes plásticas mediante el uso de recursos expresivos contemporáneos muy cercanos al pop art y al kitsch.

Desde entonces, mi admiración por la obra de esta artista colombiana ha crecido año tras año. Me sigue llamando la atención su inagotable afán de renovación, ese deseo de que cada libro tenga un toque original, único y distintivo, que lo convierta en algo singular dentro del contexto de su propia producción artí­stica. Para lograrlo, cuenta con un amplio y profundo dominio de técnicas que van del óleo al acrí­lico, pasando por la plumilla, el lápiz de color, el collage, la técnica mixta, el grabado-¦Y basta que alguien -sea este un colega o, simplemente, un alumno- le comente acerca de los curiosos efectos que produce la aplicación de la sal sobre la tinta fresca para que, enseguida, ella comience a experimentar, a jugar y a divertirse (porque eso y no otra cosa es lo que hace cuando trabaja), para después aplicar los resultados al próximo encargo de una editorial.

Un rasgo presente en muchas de las ilustraciones de Esperanza Vallejo es el espí­ritu lúdico que las anima. Muchas de sus imágenes parecen rondas donde confluyen elementos dispares: besos impresos con lapiz labial sobre papel, florecitas y hojas disecadas, cromos antiguos, bisuterí­a barata tomada de quién sabe que joyero, viejos sellos de correo-¦ todos danzando armonicamente dentro de la página, al compás dictado por la varita mágica de esa maestra de hechicerí­a y encantamientos que responde al nombre de Esperanza.

Pero, como es dueña de una sensibilidad de amplio registro, su creación no sólo transita por la cuerda humorí­stica. Esperanza Vallejo también puede conmovernos con el lirismo de sus imágenes; así­ sucede con las ilustraciones que acompañan el -ílbum de recuerdos de Wolfgang Amadeus Mozart-, escrito por Irene Vasco, o los cuentos de La Edad de Oro, de José Martí­. En esas propuestas, la artista apela a recortes de periódicos y revistas que utiliza para armar una composición básica; luego, como si se tratase de un palimpsesto, dirige su pincel hacia el rostro adusto pegado sobre la cartulina (o puede ser una figura completa o un objeto cualquiera) y lo hace desaparecer bajo una capa de color, para luego recrearlo a su capricho, con otra expresión, quizás con una amable sonrisa.

El empleo de la palabra escrita es otro recurso estilí­stico al cual apela la artista. Hay ilustraciones en las cuales un fragmento es reproducido para subrayar una intención del escritor o para destacar una frase que ha encontrado especial resonancia en la creadora. En otros trabajos, los textos son concebidos por Vallejo. También se da el caso de los fragmentos recortados de periódicos, revistas o libros. (No es extraño hallar en sus propuestas pedazos de partituras musicales.) El uso de estos textos siempre tiene una intención plástica justificada: dotar de detalles alguna figura, hacer que funcionen como una lí­nea, dotar de movimento a los elementos presentes en el dibujo. Quizás el ejemplo más claro sea Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz. Véase en la portada el sustantivo mar que, al repetirse, hace quebradizas y movidas las olas, o los versos que sugieren la caí­da de la lluvia en la página treinta y dos. La palabra incorporada a la ilustración, entra en una nueva dinámica con la imagen, y adquiere nuevas connotaciones, permitiendo una lectura más rica del libro.

La paleta de Vallejo es profusa y rica en contrastes. Muchos de sus trabajos llaman la atención por su colorido, por los sorprendentes efectos logrados al mezclar las tonalidades, todo esto hecho con el propósito de enriquecer visualmente sus imágenes, dotando a cada elemento de insólitos detalles cromáticos. Precisamente, la artista se regodea creando esos detalles en las ropas, en los rostros, en los muebles, en las plantas, en los animales...; y para lograrlo, no sólo dispone del color, sino de otro recurso que domina a la perfección: la lí­nea. Esta alusión al trazo de Esperanza me permite resaltar un rasgo que lo caracteriza: su versatilidad. La lí­nea de Esperanza puede ser fina, apenas perceptible, o gruesa y remarcada; regular y segura u ondulante y nerviosa... Su quehacer suele estar muy apegado a las lí­neas curvas, a las volutas, a los elemetos circulares, lo cual hace que sus ilustraciones posean cierto carácter barroco, remarcado por el colorido y el el abigarramiento de la composición.

Cuando uno observa la amplia iconografí­a concebida por Esperanza Vallejo para los libros infantiles, se llega a la conclusión de que en esta se encuentran presentes los resultados de un sistemático estudio y análisis del arte de todos los tiempos: desde las pinturas rupestres de Altamira hasta los trabajos de Andy Warhol, desde los grabados japoneses del siglo XIX hasta los óleos de Vincent van Gogh. Estas son las verdaderas influencias que han marcado su quehacer, más que la producción de otros ilustradores o las tendencias en boga en el mundo de las ediciones para la niñez. De ahí­, ese sello tan personal y, a la vez, tan universal que tienen sus propuestas.

Esperanza Vallejo trabaja en su apartamento del barrio de La Soledad, en Bogotá, casi pegada al cielo; en el último piso del edificio en que vive, va plasmando sobre la cartulina o el papel, sus sueños y desilusiones, sus felicidades y angustias, así­ como su peculiar manera de leer un texto para replantearlo, apelando a un código no linguí­stico: el de las formas y el color. Sus imágenes podrán permitir una lectura paralela, ser una ayuda para desentrañar los recónditos y múltiples sentidos del texto o, simplemente, subrayar las intenciones del escritor, pero siempre serán una verdadera fiesta para los ojos, un ejercicio de libertad para el corazón y el pensamiento. Y, atención, no se extrañe si un dí­a, al pasar las páginas de un libro "iluminado" por ella, descubre una estrella de verdad: seguramente, mientras dibujaba, Esperanza extendió su mano al cielo y tomó prestado ese puntico de luz para completar su labor

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Esperanza Vallejo, una imaginación desbordada
Manuel Peña Muñoz, autor y crí­tico chilenoí 

Conocí­ a Esperanza Vallejo en su precioso piso de Bogotá, iluminado por grandes ventanales e inmediatamente sentí­ que entraba a un recinto mágico. Allí­, en medio de su decorado de muebles art decó, perfumado con la tenue esencia de una vela de vainilla, se alineaban sus cuadros llenos de fantasí­a y asombro. Sin prisas, con modales pausados y con una sonrisa inteligente, inundada de ironí­a, Esperanza Vallejo enseña sus collages en los que reina la impensada lógica del arte kitsch.

Como un hada madrina o una adivina de otra época, Esperanza revuelve ritualmente su cajón de sastre, una maravillosa cajuela repleta de broches y lentejuelas, y extrae, como si se tratase de la perla de un tesoro submarino, un collar de carey de una niñita que hizo su primera comunión hace muchos años, la estampita de un santo milagroso y un botón de madreperla del vestido de una olvidada actriz de radioteatro...

Allí­ hay un rosario de pétalos de rosas en las sagradas manos de Marilyn Monroe, el encaje desteñido de un velo de novia, la partitura de un vals para piano, las plumas amarillas de un canario, la tarjeta postal de una despedida o unas luces de neón violeta que adornan la aureola de san Sebastián, desnudo y desvalido, traspasado de flechas en una playa del Caribe.

Todo allí­ es alocado y estrambótico. Alucinante y raro. El mundo de Esperanza Vallejo apela a una nueva estética. Nos hace sonreí­r, soñar, sorprendernos de golpe y descubrir las posibilidades infinitas que tiene la realidad, cuando se la observa con los ojos de la imaginación.

Con paciencia de artesana, como una araña parsimoniosa, llena de dudas y complicidades, Esperanza combina sus retratos, pedacitos de espejos y objetos mágicos encontrados al azar...o al azahar. Y descubre en esas asociaciones nuevos significados, como si diera vuelta al revés el guante de la vida.
Irreverente, subversiva, dramática o tierna, Esperanza recoge caracolas, hojas secas en los parques y testimonios verí­dicos en sabias cartas de amor. Una vez en su intimidad, con una sonrisa clandestina, escudriña las letras de las enamoradas trágicas y las convierte en arte plástico, saturado de irrealidad y ternura.

Témperas, acuarelas, tijeras, pinceles de pelo de marta, un frasco de goma de pegar y una vieja revista de cine completamente recortada conforman su universo estético. Una prueba más de que el verdadero artista es un mago o en este caso, una maga melancólica que sabe crear y recrear un mundo propio y maravilloso a partir de un puñado de polvo.

Esperanza Vallejo... el dí­a de tu bautizo, un hada benevolente te sopló al oí­do palabras encantadas que has sabido convertir en imágenes impregnadas de poesí­a. Pareciera que ese aliento antiguo, perfumado a magnolia y sauce nuevo, llegara intacto cada vez que por las noches abrimos un hermoso libro de cuentos. Allí­ están tus mariposas, tus lunas, tus castillos, tus flores, tus corazones y tus estrellas. Una de ellas es la tuya que nos guiña un ojo y que parece decirnos: -La vida es hermosa si la sabemos vivir de otra manera-...


Esperanza despierta las palabras
Triunfo Arciniegas, autor colombianoí 

Esperanza Vallejo ha ilustrado hasta el momento un cuento mí­o, Los besos de Marí­a, y una obra de teatro, Mambrú se fue a la guerra. Me encanta su trabajo. Su visión particular de la historia, su manera de enriquecer el texto, esa habilidad para recortar estampillas, hojas, plumas, tarjetas, y hacerlas parte inconfundible de su obra.

Tanto el creador como cada lector tienen su propia imagen de los personajes, sus propios espacios y silencios, extraí­dos de la experiencia y la imaginación. Con las palabras no hay lí­o, cada lector va llenando la cabeza con sus sueños. Pero con las ilustraciones es otro cuento: el lector las acepta o las rechaza. O sorprendido por un ilustrador novedoso y convincente, termina por aceptarlas y confundirlas con las palabras.

Alguna vez Esperanza Vallejo estuvo buscándome para preguntarme si Mambrú era un gato o un hombre. No recuerdo con exactitud nuestra conversación: estábamos de acuerdo. Dibujó un hombre con pinta de gato, cola de caballo, arete y pañoleta, todo un picaflor, perfecto para la historia. Aunque disfruté la oportunidad de conocer su voz, Esperanza no hubiese tenido necesidad de consultarme. Confí­o plenamente en su talento.

Esperanza Vallejo otorga a la historia una realidad, su propia realidad, que termina por imponerse. La acepto y la comparto. Con el tiempo, de tanto ver dichas ilustraciones, conjugadas de manera definitiva con el texto, es como si ellas me hubieran brindado la historia. Como si Esperanza Vallejo y yo hubiéramos tenido el mismo sueño, y ella hubiese permitido que despertaran las palabras. Es la oportunidad de agradecerle tal magia.


La mirada de Esperanza
Irene Vasco, autora colombiana

Esperanza Vallejo no tiene lí­mite en las tareas que le pone a sus amigos.

Que una bibliografí­a de autores que ilustren con collage, que una clase particular a un amigo con nombre de vaquero que llegó de cualquier parte,í que el teléfono de alguien totalmente desconocido...í Pero, como contraprestación, Esperanza tampoco pone lí­mite cuando es a ella a quien se le pide la tarea. "Esperanza, ilústrame este cuento, por favor. Eso sí­, no te lo puedo pagar." Y entre charla sobre cantantes sesenteros,í chismes y otros ingredientes, Esperanza llena páginas y páginas deí estrellas, corazones y todo lo que se le va ocurriendo por el camino.í Un ojo por aquí­, una ruedita, por allá, mil pepitas de colores alrededorí y... ya está. Esperanza Vallejo se hace dueña de las palabras y las cambia,í con su estilo tan personal, para crear otra historia, nuevecita, más alegre,í más adornada, con vida, movimiento y color inesperados, haciendo que laí historia y los personajes locales adquieran tonos universales.í 

Por eso, ponerse bajo la mirada de Esperanza es siempre una aventura que comienza con las palabras y termina en cualquier lugar del mar, del cielo o de la tierra... o en otros universos que sólo ella sabe en dónde quedan.

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Esperanza Vallejo, el ejercicio de la libertad
Antonio Orlando Rodrí­guez, autor cubanoí 

A Esperanza Vallejo la conocí­, primero, a través de una exposición itinerante de ilustradores latinoamericanos de libros infantiles que pasó por una galerí­a de La Habana a principios de los ochenta. Entre trabajos de decenas de artistas de diferentes paí­ses (Calvi, Lago, Doppert, Alekos, Bachs, Pellicer), los de Esperanza llamaron mi atención por su desenfado y su alta calidad estética. Fue, por así­ decirlo, un amor a primera vista.

En esa época, preparaba una encuesta sobre la ilustración de libros infantiles para la revista En julio como en enero, del comité cubano de IBBY, y le mandé un cuestionario encabezado con una carta muy ceremoniosa. áNunca obtuve respuesta!

Años después, durante mi primer viaje a Bogotá, conocí­ sus ilustraciones para la estupenda revista infantil Espantapájaros y también las que realizó para Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz. "í¿De dónde salió esa alucinada? áYo quiero que me ilustre!", le dije a Irene Vasco. Y ella se limitó a contestar: "Yo también".
Algún tiempo después, se presentó la oportunidad. La editorial Colina manifestó interés en publicar mi cuento Yo, Mónica y el Monstruo, y me pidió que sugiriera algunos posibles ilustradores. No tuve que pensarlo dos veces. "Esperanza Vallejo, Esperanza Vallejo o Esperanza Vallejo", les sugerí­.

A la artista la conocí­, por fin, en 1994, y a la admiración profesional se sumó la amistad. Supe, entonces, que en una de sus insondables cajas de recuerdos estaba guardado aquel viejo cuestionario que nunca tuvo tiempo, paciencia o ganas de responder. Pero el afecto es otra historia que no viene al caso contar aquí­.

Es conveniente aclarar que Esperanza Vallejo, antes que ilustradora, es una artista plástica dueña de un mundo muy propio. Es decir: su caso es distinto al de buena parte de sus colegas. Ella no es sólo una ilustradora: es,también, una ilustradora. Los dibujos y collages que ha hecho para revistas y carteles, y para libros de José Martí­, Horacio Quiroga, Lygia Bojunga Nunes, Ví­ctor Carvajal o Margaret Mahy, son ricos desprendimientos de una manera singular de ver, imaginar y plasmar la realidad. Es, además, una lectora atenta, minuciosa, que descifra entre lí­neas y encuentra en los versos y las narraciones detalles, asociaciones y resonancias que luego sugiere o subraya, magistralmente, desde sus ilustraciones.

Esperanza no solo ilustró Yo, Mónica y el Monstruo con una fuerza y una originalidad mayúsculas, sino que complementó el relato. Entró al cuento y se hizo parte de él. Creo que ése es uno de los trabajos en que mejor puede apreciarse el espí­ritu de Esperanza. Ilustraciones como la de los enamorados cubistas o la del barco pirata, hablan elocuentemente de la libertad y la motivación con que realizó dicha obra.

Posteriormente, tuve la suerte de que le encargaran los dibujos para la edición colombiana de Struff. Y otra vez quedé sorprendido con su derroche de fantasí­a y con ese modo fácil, tan suyo, de hacer las cosas "como al descuido", con la aparente espontaneidad de un niño. (Pura apariencia, no pequen de incautos: detrás de ese desenfado hay años de experiencia, de investigación y de oficio; muchos museos recorridos en Europa y en Nueva York; grandes dosis de sabidurí­a y sufrimiento.)

Quiero hacer referencia, por último, a una faceta poco conocida, pero muy importante, de su trabajo profesional: la docencia.

Durante medio año coincidimos dando clases, en salones contiguos, en la misma universidad bogotana. Debo decir que es una maestra excepcional. Sus alumnos veintiañeros la adoran, y la fascinación que ejerce sobre ellos no es gratuita. En medio de tanta cátedra mediocre y/o acartonada, Esperanza Vallejo les descubre el significado que tiene la palabra libertad en el arte, les muestra cómo se conjuga el verbo crear. Comparte con ellos los secretos de sus técnicas mixtas asombrosas, en las que tienen cabida, a la par del acrí­lico y la tinta, desde cosméticos hasta medicamentos. Envejece papeles, ensambla imágenes de las más disí­miles procedencias, combina plumas de aves, abanicos, estampillas de correo y huellas de besos de lápiz labial. Pone la creatividad de los jóvenes a tope, sin necesidad de apelar a otros recursos didácticos que el ejemplo de su obra y de su actitud ante la creación. No es casual que algunos de sus discí­pulos hayan comenzado a ilustrar con acierto.

Post data: Esperanza, me siento afortunado de que hayas ilustrado mis historias. Eres buena e indispensable, como el pan. Si no existieras, habrí­a que inventarte


Ese peligro llamado Esperanza Vallejo
Yolanda Reyes, autora colombianaí 

Ella va por la vida recogiendo trocitos de imágenes: las cuentas del collar de una tí­a rezandera, las lentejuelas de un vestido que ya pasó de moda, los juguetes de las piñatas, una pluma de pájaro, el ala de un ángel, las piernas de Marilyn, el rostro de un mulato precioso o, lo que es peor, las fotos de sus mejores amigos.

Después, no sé lo que hace... Creo que se sienta a jugar con los objetos y con las personas que ha ido coleccionando. Revuelve los colores, trastoca las modas; decide que a tu foto del pasaporte le sienta bien una melena de bucles o que ese cuerpo escultural, que recortó de la Cosmopolitan, combina de maravilla con tu cara seria de Foto Japón.

Y así­ se la pasa, muerta de la risa, reordenando el mundo, mezclando lo que a nadie, con dos dedos de frente, se le ocurrirí­a mezclar. Es un peligro público, una amenaza para los que se creen aquel cuento de "cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa".

Lo insólito es que, de pronto, detrás de semejante desorden, todo termina encajando milagrosamente, como las piezas de un rompecabezas. Hasta el punto de hacerte creer que lo otro, lo real, era apenas un copia defectuosa de las apariencias. Y que, después de todo, no te sienta nada mal ese cuerpo escultural de chica Cosmopolitan, mezclado con tu cara adusta del pasaporte.


Esperanza Vallejo o la irreverencia hecha imagen
Luis Bernardo Yepes, bibliotecólogo colombianoí 

En Colombia existe un ramillete de ilustradores que han iluminado la literatura infantil de nuestro paí­s. Su obra les ha dado el aprecio del público y el reconocimiento de la crí­tica nacional e internacional. Esta última, a mediados y finales de la década de los ochenta, reconoce la importancia de los aportes que estos artistas hacen al libro para niños y jóvenes y lo manifiesta por medio de menciones y premios que concede a artistas como Ivar Da Coll, Alekos, Olga Cuéllar, Diana Castellanos, Ródez y Esperanza Vallejo.

De este grupo de "mimados con méritos", hay alguien que descolla por la irreverencia psicodélica en las formas de las imágenes y los ritmos de sus trabajos: Esperanza Vallejo.

En la actualidad, es profesora universitaria. Como ilustradora, pintora y grabadora, es creadora de unos fascinantes caos en los cuales muestra mundos inverosí­miles que los lectores terminamos creyendo en la medida que pasamos y posamos nuestros ojos en unas imágenes superpuestas en espacios creados para ellas. La clave está en observar las imágenes en su totalidad, para así­ descubrir que estamos ante un nuevo universo engendrado por un pincel mágico.
Esperanza Vallejo es ante todo una valiente, una artista atrevida en constante experimentación, en permanente búsqueda. Las lí­neas del reborde, la estética de lo pop, los vericuetos de la fantasí­a, las imágenes surrealistas, todo eso tiene cabida dentro de su obra, que en esencia es expresionista, dinámica, inundada de la vivacidad inherente al niño y propia del arte, por supuesto.

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Entre la imaginación y la realidad
Ana Garralón, crí­tica españolaí 

Lo que más me fascina de Esperanza Vallejo son esas viñetas en las que seempeña en encerrar sus mundos, sus ideas, a veces las ideas de otros, que pugnan por encontrar su espacio en ese reducto siempre demasiado limitado.
Y ahí­ está justamente su magia, su belleza: en conseguir el equilibrio entre la ilimitada imaginación y la articulada realidad del lápiz y el papel. Algo que sólo se les da bien a los artistas.

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Esperanza
Alekos, autor e ilustrador colombianoí 

Esperanza es ilustradora desde hace muchos años y pintora desde que camina.

Tiene litografí­as con mujeres de ojos grandes como sandí­as.

Cuando hace collages, parece una abuelita o una niña porque arma sus cuadros -que son cajas- con cuentas,botones, bolí­grafos en desuso y estampas viejas como un olivo.í 

Todos supimos que el blanco era un color cuando Esperanza empezó a pintar malabaristas y saltimbanquis.

Todo eso lo hace estupendamente, pero a mí­ lo que más me gusta es ir a su casa, que es ella otra vez, destapar un buen vino y oí­rla conversar.



La Edad de Oro según Esperanza Vallejoí 
Iliana Prieto, autora cubana í 

Recuerdo bien mis primeras lecturas de La Edad de Oro. Me pareció un libro hermoso, pero triste. Confieso que mi relación con el libro fue, por mucho tiempo, contradictoria; una suerte de aproximación-evitación, aunque no me atreviera a confesarlo.

Por mi experiencia propia y tambien por lo que he observado, me atreverí­a a decir que La Edad de Oro, para los niños cubanos, siempre ha tenido la aureola de libro sagrado, escrito por el Apóstol, lo que probablemente haya incidido en que se acerquen a esta obra maravillosa con cautela, hasta con cierto prejuicio. A este posible alejamiento también ha contribuido el concepto de diseño del libro, como si fuera un libro antiguo y unas ilustraciones tradicionales, en ocasiones copia del original, muy alejadas de los lectores contemporáneos.

Panamericana Editorial ofrece una bella edición de los cuentos de La Edad de Oro, con un prólogo que acerca a los lectores jóvenes al conocimiento de Jose Martí­, con la sencillez que demanda un hombre de su grandeza. Esta edición, ilustrada por la artista colombiana Esperanza Vallejo, me hizo desear ser niña otra vez para aproximarme a los preciosos textos de Martí­, matizados por el mundo de imágenes que esta original ilustradora le aporta.

Sentí­ gran satisfacción al encontrar los dibujos maravillosos que Nené vio en el libro de su padre y que a los ojos de Esperanza Vallejo, y a los nuestros, gracias a ella, nos llegan cargados de detalles imaginativos y brillantes; a don Pomposo, con la expresión ridí­cula propia de su pompa y su impertinente monóculo; a Pilar descalza y a la niña enferma con los zapatos rosados en sus pies (deseo de casi todos los lectores y que se cumple también por la intervención de la ilustradora); las caras de Alberto, el militar, y del aya de la francesa con espejuelos y rostro circunspecto, la playa preciosa y el águila que vuela sobre Pilar, como sí­mbolo del tiempo que pasa, y todo en colores brillantes, entre estrellas, corazones y flores.

Sin dudas, las ilustraciones de Esperanza Vallejo, ajenas a la reverencia y por eso cercanas a la sensibilidad de los niños y niñas de ahora, hacen de esta nueva edición de La Edad de Oro un libro alegre, despojado de solemnidad, tal y como lo hubiera deseado su autor, tal y como lo requiere una obra perdurable por su valor humano y universal.