Ilustración: Esperanza Vallejo.
  • Ilustración: Esperanza Vallejo.

José Martí: Los cuentos de La Edad de Oro

Sergio Andricaí­n

Tenía siete u ocho años y vivía en La Habana, cuando en una visita a la casa de mis abuelos maternos, donde no había muchos libros, descubrí uno que llamó mi atención: La Edad de Oro, de José Martí. Recuerdo que mi abuelo, a quien le gustaba leer en voz alta los libros de astronomía y mecánica de su reducida biblioteca, me leyó “La historia de la cuchara y el tenedor”, un texto cercano a sus intereses, que eran las ciencias. Luego, ese señor adusto, casi cascarrabias, no guardó el libro bajo llave en su escaparate, como solía hacer, sino que, para mi sorpresa, lo puso en mis manos y me invitó a leerlo en silencio…

Y yo leí y leí fascinado, durante horas, La Edad de Oro. No solo otros artículos como el que le había escuchado a mi abuelo, sino también varios de los poemas y cuentos que incluye este libro. 

Debo admitir que leer aquella obra fue un reto: avanzar por sus páginas se me hacía difícil por la riqueza del lenguaje, la cantidad de información que se desplegaba ante mis ojos y por la complejidad de la sintaxis. Pero debo aclarar que intentando descifrar a Martí a tan temprana edad, vislumbré algo que corroboraría más adelante como lector asiduo de sus creaciones literarias: que hay textos que se nos resisten y que nos retan, que nos obligan a volver a ellos para descubrir su más profundo significado (o el significado renovado que adquieren, cuando volvemos a su encuentro, producto de la experiencia que hemos adquirido a lo largo de la vida). 

También La Edad de Oro me reveló, como nunca antes lo había hecho otro libro, la belleza de las palabras, su capacidad para construir obras hermosas tanto por lo que expresan como por su musicalidad; la posibilidad de que el escritor, como un demiurgo, se valga de ellas para crear un discurso lleno de significado e imágenes, dotado de ritmo y sonoridad propios.

Otra intuición que tuve en aquella primera lectura de La Edad de Oro fue que el autor que había escrito aquellas páginas no entregaba una frase, oración o párrafo, ni línea de verso, estrofa o poema sin que detrás hubiera una idea, un concepto que fuera útil y de valor para el lector, que lo enriqueciera. Porque en Martí no hay escritura hueca o vana, sino la puesta en práctica de un concepto en el que se funden lo estético y lo formativo, la forma y el contenido.

Como se desprende de lo que he contado, mis primeras lecturas de La Edad de Oro, que fueron realizadas en desorden, dándole prioridad a lo que me apetecía leer, me llevaron a intuir que esa obra me acompañaría a lo largo de mi existencia, algo que he podido constatar en los casi sesenta años siguientes. Me han faltado algunos libros entrañables, porque se han perdido en las mudadas de un país a otro, porque alguien los pidió prestados y no los devolvió, porque los regalé a un amigo que podía disfrutarlos tanto como yo, pero siempre he cuidado mi ejemplar de esta obra como lo que es: un verdadero tesoro. 

Lo que más llamó mi atención de aquellos encuentros iniciales con La Edad de Oro fueron sus cuentos, tanto los originales de Martí, escritos en prosa y en verso, como los que tradujo y adaptó. Las adaptaciones son “Meñique” y “El camarón encantado”, del escritor francés Edouard Laboulaye, y “Los dos risueñores”, del danés Hans Christian Andersen. Y las historias originales: “Nené traviesa”, “Bebé y el señor don Pomposo” y “La muñeca negra”, que vieron la luz en la primera entrega (julio, 1889), la segunda (agosto, 1889) y en la cuarta y última (octubre, 1889). En el tercer número de la revista, Martí incluyó el cuento en verso “Los zapaticos de rosa”, pero en esta ocasión me centraré únicamente en los tres relatos en prosa. 

“Nené traviesa”, “Bebé y el señor don Pomposo” y “La muñeca negra” tienen una importancia capital en la historia de la literatura infantil por varias razones. En primer lugar, por el respeto con que su autor se dirige al niño, reconociendo su inteligencia y sensibilidad. Martí no renunció a su condición de gran creador literario al escribir La Edad de Oro, se mantuvo fiel a su estilo y a su estética, sin concesiones ni paternalismos. Dio cabida, eso sí, a un humor refinado, a una fantasía muy sensorial y a una constante cercanía afectiva con los niños. Pero la importancia de estos textos trasciende el terreno de la literatura infantil: con ellos, el cuento cristalizó como género literario en Latinoamérica.

Las tres historias están protagonizadas por niños, pero no por esos niños de una sola pieza que abundaban en la literatura infantil del siglo XIX, sino por seres de gran complejidad sicológica, que sorprenden por sus contradicciones, su generosidad y su humanismo.

Nené, del cuento “Nené traviesa”, aún no sabe leer, pero le encanta contemplar las ilustraciones que tienen los libros y fabular a partir de las imágenes que observa. El padre le deja ver a Nené todos sus libros, pero le ha advertido que no debe tocar el libro grande ese que ella quiso cargar “y se cayó con el libro encima”, ese que tiene cien años. “¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido barbas!”, reflexiona Nené. Y sin poder resistir la curiosidad, cuando “su papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella”, entra en la habitación de los libros y encuentra abierto sobre una silla ese que tanto le atrae. “Pasito a pasito se le acercó Nené”…, no para tocarlo, porque su padre le pidió que no lo hiciera, sino solo para verlo. Y es tal la fascinación que los dibujos de colores del gran libro ejercen sobre ella, que, sin darse cuenta de lo que hace, Nené comienza a pasar las páginas y a interactuar con los personajes que descubre en ellas: los hombres que suben por la barba de un gigante, la jirafa, el elefante, los monos…. “¡uno, dos, tres, cinco, ocho, dieciséis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola! ¡se van a tirar al río! ¡se van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! Y Nené, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas”.

Pero… “¿Quién llama a Nené, quién la llama? Su papá, su papá que está mirándola desde la puerta”…

La anécdota del cuento es muy simple, pero está desarrollada con una sutileza sicológica que hace de Nené un personaje inolvidable en su inocencia, su error y su arrepentimiento. Es admirable el modo en que Martí transita del narrador en tercera persona al pensamiento de la niña, en un atrevido juego de voces que fluye armoniosamente. 

Piedad, la heroína del cuento “La muñeca negra”, es un poco mayor que Nené. El cuento comienza con un padre que regresa al hogar, después de un día de trabajo, trayendo una gran caja, porque “mañana hace ocho años que nació Piedad”. En las siguientes escenas, Martí vuelve a hacer gala de su narrativa de filigrana, que alterna la subjetividad de Piedad con la narración omnisciente:

En la casa hay algo: porque si no, ¿para qué está ahí, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las medias de encaje? “Yo te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, Leonor, tú que estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a paseo. ¡Mamá mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo porque te he peinado mucho!”.

El regalo que recibe Piedad en su cumpleaños es una preciosa muñeca rubia y de ojos azules. Pero la niña no tarda en descubrir que esa nueva muñeca no sabe responderle cuando le habla:

“¿Con que no te gustado la muñeca que te compré, con sus medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino?”.  “Sí, mi papá, sí me ha gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear” (…) Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la veían, dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol.

Piedad dice que tiene sueño, exige que la lleven a su cuarto y, una vez allí, “no habló con la criada; no le dijo que le contase el cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más le pidió y lo puso a los pies de la cama”. Ese juguete es su vieja muñeca negra, su Leonor, a la que dice:

“Ven, pobrecita, ven, que esos malos te dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas más que una trenza: la fea es esa, la que han traído hoy, la de los ojos que no hablan. (…) ¡No me mires así, porque voy a llorar yo! (…) ¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja! ¡y a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!”.

Este hermoso cuento es una parábola sobre la fidelidad y el amor incondicional, sobre los profundos vínculos afectivos que establecen los niños con sus juguetes y que los adultos a veces no sabemos entender ni respetar.

Y, por fin, un protagonista masculino: Bebé, un niño de cinco años de edad, nacido en cuna de oro, del cuento “Bebé y el Señor Don Pomposo”. Un niño tan generoso que “en cuanto ve a un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene”. Bebé se dispone a viajar a París, como todos los años, para que los médicos traten de curarle a su mamá “esa tos mala” que a él no le gusta oír. Y con ellos viajará su primo Raúl, que no tiene madre ni ropas lujosas. Pero antes de irse, Bebé, su madre y Raúl visitan al tío Don Pomposo, quien le da muchos besos a Bebé (“unos besos feos, que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas”) y a Raúl, al pobre Raúl, ni lo saluda ni la da un beso. Ese día, don Pomposo le dice a Bebé: “Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío”, y le regala un sable dorado. En ese momento, Bebé, muy contento, se vuelve hacia Raúl y lo descubre mirando el sable “con los ojos más grandes que nunca y con la cara muy triste, como si se fuera a morir”. En la noche, sin que nadie lo sepa, Bebé entra en el cuarto de su primo… “¿qué hace, qué hace Bebé? ¡Va riéndose, va riéndose el pícaro hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado en la almohada!”.

Tres cuentos, tres niños… Si tuviera que elegir con cuál de ellos me identifiqué más cuando leí estas narraciones durante mi infancia, sería muy difícil. Cada uno me reveló algo de mí mismo y me atrajo por diferentes razones: Nené, por la curiosidad, por ese deseo que nos impulsa a desobedecer las órdenes con tal de descubrir lo prohibido; Bebé, por su generosidad, que lo lleva a desprenderse de las cosas que le gustan para compartirlas con otras personas y darles un poco de alegría, y Leonor, por la fidelidad de sus afectos, por saber descubrir la belleza más allá de lo aparente. 

A pesar de que nos presentan a niños en circunstancias y espacios muy diferentes a los de nuestro tiempo, estas historias de La Edad de Oro nos sorprenden por su carácter contemporáneo. Lo que las hace actuales es su capacidad para actuar sobre el lector, de despertar en él emociones y sentimientos universales e intemporales que no están circunscritos a un lugar o una época.

Puesto en línea el 23 de junio de 2026